jueves, 29 de junio de 2017

En Los Muros de Eryx Parte II H. P. Lovecraft


En los Muros de Eryx
Parte II

Habiendo tomado de nuevo el pasadizo por el que había llegado, comencé a regresar a la entrada de la estructura. Las subsiguientes exploraciones podrían esperar al próximo día. Tanteando mi camino lo mejor que pude a través del corredor, con solo una dirección general, mis recuerdos y un vago reconocimiento de algunos de los pocos definidos grupos de matorrales de la llanura como guías, pronto me encontré de nuevo cerca del cadáver. Ahora había una o dos moscas farnoth volando sobre el rostro cubierto por el casco, y supe que comenzaba a descomponerse. Con una fútil repugnancia instintiva alcé mi mano para alejar la vanguardia de los carroñeros... cuando se manifestó una cosa extraña y asombrosa. Una pared invisible que detuvo el movimiento de mi mano me demostró que, a pesar de lo cuidadoso de mi intento de desandar el camino, no había regresado al corredor en el que yacía el cadáver. En cambio, me hallaba en un corredor paralelo pues sin duda había dado alguna vuelta equivocada en los intrincados pasadizos de allá atrás. Esperando encontrar una puerta que diera a la cámara de entrada algo más hacia adelante, continué mi avance, pero de pronto llegué a una pared que cerraba el paso. Así que tenía que regresar a la cámara central e iniciar de nuevo mi camino. No podía saber exactamente dónde me había equivocado. Miré el suelo para ver si por algún milagro habían quedado huellas que me pudiesen guiar, pero en seguida me di cuenta de que el fluido barro solo mantenía dichas huellas durante escasos momentos. No tuve mucha dificultad en encontrar de nuevo mi camino al centro, y una vez allí reflexioné cuidadosamente sobre el camino correcto hacia el exterior. Antes me había ido demasiado hacia la derecha. Esta vez tenía que tomar una desviación mas a la izquierda en alguna parte... aunque el sitio exacto era algo que tendría que decidir por el camino.

Mientras tanteaba de nuevo mi camino, me sentía bastante confiado en que fuera el correcto, y me fui hacia la izquierda en una bifurcación que estaba seguro de recordar. La espiral continuaba y tuve buen cuidado en no perderme por ningún pasadizo que intersectase el que seguía. Sin embargo pronto vi, muy disgustado, que estaba pasando a considerable distancia del cadáver; evidentemente aquel pasadizo llegaba a la pared exterior en un punto mucho más allá del sitio donde se encontraba. En la esperanza de que existiese otra salida en la mitad del muro que aún no había explorado, seguí hacia adelante varios pasos más, pero al fin me encontré de nuevo con una barrera sólida. Resultaba claro que la disposición del edificio era mucho más complicada de lo que había supuesto. Entonces dudé entre regresar de nuevo al centro o intentar seguir alguno de los corredores laterales que se dirigían hacia el cadáver. Si elegía aquella segunda alternativa, corría el riesgo de romper el hilo mental que me indicaba dónde me hallaba; por lo que era mejor que no lo intentase a menos de que pudiera pensar en alguna forma de dejar una huella visible tras de mí. El cómo dejar tal huella era un verdadero problema, y hurgué en mi mente buscando una solución. No parecía llevar nada encima que pudiera dejar una señal en algo, ni ningún material que pudiera desparramar, o dividir en pequeños trozos para ir sembrando a mi paso.

Mi pluma no tenía efecto alguno sobre la pared invisible, y no podía dejar un rastro de mis preciosas tabletas alimenticias. Aunque hubiera estado dispuesto a desprenderme de ellas, no hubiera habido bastantes... y además las pequeñas tabletas se hubieran hundido instantáneamente en el barro, desapareciendo. Busqué en mis bolsillos tratando de hallar algún anticuado bloc de notas, que a menudo se usa de una forma no oficial en Venus a pesar de lo rápidamente que se pudre el papel en la atmósfera del planeta, ya que podría haber roto y sembrado sus páginas, pero no pude encontrar ninguno. Obviamente resultaba imposible romper el delgado pero resistente metal del papiro de notas, ni tampoco mi vestimenta me ofrecía ninguna posibilidad. En la peculiar atmósfera de Venus no podía arriesgarme a desprenderme de mi uniforme de cuero, y se había eliminado toda prenda interior a causa del clima. Traté de manchar con barro las lisas paredes invisibles tras de escurrirlo para dejarlo lo más seco posible, pero me encontré con que se deslizaba hasta el suelo tan rápidamente como los puñados que había usado para averiguar la altura. Finalmente saqué mi machete y traté de hacer una raya en la fantasmagórica superficie... algo que pudiese reconocer con la mano, aunque no ofreciese la ventaja de ser visible desde lejos. No obstante resultó inútil, pues la hoja no causaba la menor impresión en el asombroso material desconocido.

Frustrado en todas mis tentativas de marcar un camino, de nuevo busqué la cámara central con mis recuerdos. Parecía mucho más fácil regresar a aquella habitación que seguir un camino definido y predeterminado que lo alejase a uno de ella, y tuve pocas dificultades en encontrarla de nuevo. Esta vez fui anotando en mi papiro cada giro que daba, dibujando un burdo diagrama hipotético de mi ruta, y señalando todos los corredores divergentes. Naturalmente era un trabajo enloquecedoramente lento, dado que todo tenía que ser determinado por el tacto, y las posibilidades de error eran infinitas; pero creía que a la larga me sería de utilidad. Cuando llegué a la sala central ya estaba avanzado el largo crepúsculo de Venus, pero aún tenía esperanzas de llegar al exterior antes de que oscureciese totalmente. Comparando mi diagrama recién hecho con mis recuerdos previos, creía haber localizado mi primer error, así que de nuevo partí confiado a lo largo del corredor invisible. Me fui más hacia la izquierda aún que en los anteriores intentos, y traté de señalar mis giros en el papiro por si estaba aún equivocado. En la creciente oscuridad podía ver la débil silueta del cadáver, ahora en el centro de una repugnante nube de moscas farnoth. No me cabía duda de que no pasaría mucho tiempo antes de que los sificlighs, que viven en el barro, se acercasen babeando desde la llanura para completar el nauseabundo festín.

Acercándome al cadáver con cierta reluctancia, estaba preparándome a pasar junto a él, cuando una repentina colisión con una pared me demostró que, de nuevo, había equivocado el camino. Ahora me daba cuenta, claramente, de que esta perdido. Lo inextricable del edificio hacía imposible el hallar una solución rápida, y probablemente tendría que hacer un cuidadoso estudio antes de poder esperar salir de él. Sin embargo, aún me sentía ansioso por llegar a un terreno seco antes de que cayera la oscuridad; así que regresé una vez más al centro y comencé una serie desordenada de pruebas coronadas siempre por el fracaso, tomando notas a la luz de mi lámpara eléctrica. Cuando usé este artefacto me fijé con interés en que no producía reflejos, ni el mínimo resplandor, en las paredes transparentes que me rodeaban. No obstante, ya estaba preparado para esto, ya que en ningún momento el sol había producido un destello en el extraño material. Estaba aún tanteando cuando la oscuridad se hizo total. Una densa niebla ocultaba la mayor parte de las estrellas y los planetas, pero la Tierra era claramente visible como un brillante punto verdeazulado hacia el sudeste. Acababa de pasar el punto de oposición, y ahora seria una visión maravillosa de contemplar por un telescopio. Hasta pedía divisar la Luna junto a ella cuando los vapores se hacían momentáneamente menos densos. Ahora era totalmente imposible ver el cadáver, mi único punto de referencia, así que regresé a la cámara central tras algunos giros en falso. Después de todo, tendría que abandonar la esperanza de dormir sobre terreno seco. No podía hacer nada hasta que saliese el sol, y, tal como estaban las cosas, lo mejor sería descansar allí mismo. El acostarse en el barro no sería agradable, pero con mi traje de cuero resultaba factible. En anteriores expediciones había dormido bajo condiciones aún peores, y ahora la misma exhausción me ayudaría a superar mi repugnancia.

Así que aquí estoy, acuclillado en el barro de la sala central y tomando estas notas en mi papiro a la luz de la lámpara eléctrica. Hay algo casi humorístico en mi extraña e inusitada desdicha. Perdido en un edificio sin puertas... ¡un edificio que no puedo ver! Sin duda saldré de él a primera hora de la mañana, y llegaré a Terra Nova con el cristal a última hora de la tarde. Ciertamente es una verdadera belleza... con un sorprendente lustre aún a la débil luz de esta lámpara. Acabo de sacarlo para examinar. A pesar de mi fatiga, el sueño tarda en llegarme, así que sigo escribiendo. Pero debo terminar ahora. No hay muchas posibilidades de que sea molestado por aquellos malditos nativos en este lugar. Lo que menos me gusta es el cadáver... pero, afortunadamente, mi máscara de oxígeno me evita los peores efectos de la podredumbre. Estoy usando los cubos de clorato con mucho tiento. Ahora tomaré un par de tabletas alimenticias y me echaré a dormir. Luego proseguiré.

LUEGO - VI, 13 POR LA TARDE
Ha habido más problemas de los que me imaginaba. Aún sigo en el edificio y tendré que trabajar rápida y cuidadosamente si es que quiero dormir esta noche en terreno seco. Pasó mucho tiempo antes de que lograra dormirme, y no desperté hasta que era casi el mediodía. Tal como estaban las cosas, hubiera dormido aún más si no hubiera sido por el resplandor del sol a través de la niebla. El cadáver constituía una visión repugnante, cubierto de sifíclighs, y con una nube de moscas farnoth a su alrededor. Algo había apartado el casco del rostro, y más valía no mirar lo que había quedado al descubierto. Me sentía doblemente satisfecho por mi máscara de oxígeno, cuando pensaba en la situación. Al fin me alcé y me sacudí el barro, tome un par de tabletas de alimento y coloqué un nuevo cubo de clorato de potasio en el electrolizador de la máscara. Estoy usando esos cubos con parsimonia, pero me gustaría tener una mayor cantidad. Me siento mucho mejor después de haber dormido, y espero salir del edificio dentro de poco. Consultando las notas y dibujos que había hecho, me sentí impresionado por la complejidad de los pasadizos, y por la posibilidad de que hubiera cometido un error fundamental. De las seis aberturas que había en el espacio central, había elegido una determinada tomándola por aquella por la que había entrado usando como guía una línea de visión. Cuando estaba justamente en el interior de la abertura, el cadáver situado a cincuenta metros de distancia se hallaba exactamente alineado con un lepidodendro especial del lejano bosque. Ahora se me ocurrió que este dato podía no ser lo bastante fiable, pues la distancia del cadáver hacía que la diferencia de dirección, con relación al horizonte, fuera relativamente Poca cuando lo miraba desde las aberturas inmediatamente contiguas a la elegida. Además, el árbol no se diferenciaba tanto como hubiera sido de desear de los otros lepidodendros del horizonte.

Efectuando una prueba, me di cuenta, desalentadoramente, de que no podía estar seguro de cuál de las tres aberturas era la correcta. Esta vez estaría seguro. Me di cuenta de que a pesar de que resultaba imposible marcar mi camino, había un señalizador que sí me era posible dejar. Aunque no podía quitarme el traje, podía, a causa de mi espesa mata de cabello, prescindir del caso; y este era lo bastante grande y poco pesado como para permanecer visible sobre el fluido barro. Por consiguiente me quité el objeto, que era prácticamente hemisférico, y lo dejé a la entrada de uno de los corredores: el situado más a la derecha de los tres que debía probar. Seguiría aquel corredor suponiendo que era el correcto repitiendo lo que creía recordar eran los giros exactos, y tomando y consultando constantemente notas. Si no lograba salir, iría eliminando sistemáticamente todas las posibles variaciones; y si esas fallaban, pasaría a cubrir las avenidas que se extendiesen desde la siguiente abertura, de la misma manera; continuando hasta la tercera si ello resultaba necesario. Más pronto o más tarde tendría que dar con el camino correcto a la salida, pero debía mostrarme paciente. Aún en el peor de los casos, era casi imposible que no lograse salir al exterior a tiempo para dormir sobre terreno seco. Los resultados inmediatos fueron bastante desalentadores, aunque me ayudaron a eliminar la abertura de la derecha en poco menos de una hora. Solo una sucesión de callejones sin salida, cada uno de los cuales terminaba a una mayor distancia del cadáver, parecían surgir de aquella abertura; y muy pronto me di cuenta de que no había estado incluida en mis correteos de la tarde anterior. Sin embargo, como antes, siempre encontré relativamente fácil el tantear mi camino de regreso a la cámara central.

Alrededor de la una del mediodía pasé el casco que me servía de señal a la siguiente abertura y comencé a explorar los pasadizos que se abrían tras ella. Al principio creí reconocer los giros, pero pronto me hallé en un grupo de corredores totalmente desconocidos. No podía llegar cerca del cadáver, y esta vez también parecía tener el camino a la cámara central cortado, aunque pensaba haber anotado cada movimiento que había hecho. Debía de haber giros engañosos e intersecciones demasiado sutiles para que lograse reflejarlas en mis burdos diagramas, y comencé a notar una sensación que era parte ira y parte descorazonamiento. Aunque naturalmente con paciencia al fin lograría salir de allí, me di cuenta de que mí búsqueda tendría que ser minuciosa, incansable y extensa. Las dos de la tarde me encontraron aún errando por extraños corredores, palpando constantemente mi camino y mirando alternativamente a mi casco y al cadáver, mientras anotaba datos en el papiro con decreciente confianza. Maldije la estupidez y la curiosidad que me habían atraído a aquel embrollo de paredes invisibles, y reflexioné que si no me hubiera preocupado de aquella cosa y hubiera regresado tan pronto como hube tomado el cristal del cadáver, ahora estaría a salvo en Terra Nova. De pronto se me ocurrió que quizá pudiera abrir un túnel bajo las paredes invisibles con mi machete, y así lograr salir al exterior o a algún corredor que llevase allí. No tenía forma de saber la profundidad de los cimientos del edificio, pero el omnipresente barro era un argumento a favor de la ausencia de cualquier otro suelo que no fuera el mismo terreno. Poniéndome de cara al lejano y cada vez más horrible cadáver, comencé a cavar febrilmente con la ancha y afilada hoja.

Había unos quince centímetros de barro semilíquido, bajo el cual la densidad del suelo se incrementaba muchísimo. Este terreno profundo parecía ser de un color distinto, una arcilla grisosa bastante parecida a la que se hallaba cerca del polo norte de Venus. Mientras continuaba profundizando cerca de la barrera invisible vi que el terreno se estaba haciendo más y más duro. El barro acuoso penetraba en la excavación con la misma rapidez con que yo sacaba la arcilla, pero metía las manos en él y seguía trabajando. Si lograba abrirme un paso bajo la pared, el barro no iba a impedir que me metiese por él. Aún así, a unos noventa centímetros de profundidad la dureza del suelo frenó considerablemente mi excavación. Su resistencia era muy superior a cualquier otra conque me hubiese encontrado antes, aún en este planeta, e iba unida a un peso anormal. Mi machete tenía que astillar y cortar la apretada arcilla, y los fragmentos que sacaba eran como piedras sólidas o trozos de metal. Finalmente hasta este sistema de excavación se hizo imposible, y tuve que cesar mi trabajo sin haber alcanzado el borde inferior de la pared. El intento que había durado una hora larga había sido fútil y dañino, pues había usado una buena parte de mi energía y me obligó a tomar una tableta extra de alimento y a colocar un cubo adicional de clorato en la máscara de oxígeno. También me obligó a cesar en mis exploraciones, pues aún sigo demasiado cansado para caminar. Tras limpiar mis manos y brazos de barro, lo mejor que pude, me senté a escribir estas notas, apoyándome contra la pared invisible y dando la espalda al cadáver. Ese cadáver es ahora, simplemente, una estremecida masa de bichos: el olor ha comenzado a atraer algunos de los viscosos akmans de la lejana jungla. Y me fijo en que muchas de las hierbas efjeh están extendiendo tentáculos necrófagos hacia el cuerpo; pero dudo que ninguno de ellos sea lo bastante largo como para alcanzarlo. Me gustaría que algunos animales realmente carnívoros como los skorah apareciesen, pues quizá captasen mi olor y penetrasen en el edificio en mi búsqueda. Los animales esos tienen un extraño sentido de la orientación. Podría contemplarlos mientras venían, e ir anotando su ruta aproximada si es que no lo hacían en línea continua. Eso me sería de una gran ayuda. Y cuando llegasen ante mí la pistola me libraría de ellos.

Pero no puedo esperar una cosa así. Ahora que he terminado estas notas, descansaré un poco más, y luego tantearé de nuevo. Tan pronto como regrese a la cámara central, lo que debería ser fácil, probaré con la abertura de la izquierda. Quizá pueda salir antes de la noche después de todo.

VI, 13 POR LA NOCHE
Nuevos problemas. Mi escapatoria será tremendamente difícil, pues hay elementos que no habla sospechado. Otra noche en el barro y una lucha ante mí mañana. Descansé muy poco rato y me alcé y tanteé de nuevo hacia las cuatro. Unos quince minutos después llegué a la cámara central y moví mi casco para marcar la última de las tres posibles aberturas. Partiendo de ella, me pareció que el camino me era más familiar, pero al cabo de cinco minutos me detuve en seco ante la vista de algo que me estremeció más de lo que pueda describir. Era un grupo de cuatro o cinco de esos detestables hombres-lagarto que salían del bosque a lo lejos en la llanura. No podía verlos claramente a aquella distancia, pero me pareció que hacían una pausa y se volvían hacia los árboles para gesticular, tras lo que se les unió una docena más. El grupo incrementado comenzó entonces a avanzar directamente hacia el edificio invisible, y mientras se aproximaban los estudié cuidadosamente. Nunca habla visto de cerca a uno de aquellos seres, si no era entre las humeantes sombras de la jungla. El parecido con los reptiles era perceptible, aunque sabía que solo era aparente, ya que esos seres no tienen punto de contacto con la vida terrestre. Cuando se acercaron más me parecieron menos reptiloides: únicamente la cabeza plana y la verdosa y viscosa piel, parecida a la de una rana, daban la idea de ello. Caminaban erectos sobre sus extrañas y gruesas patas, y sus discos de succión producían unos curiosos sonidos en el barro. Eran especímenes normales, de unos dos metros diez de alto, con cuatro largos y delgados tentáculos pectorales. Los movimientos de esos tentáculos, si es que las teorías de Fogg, Ekberg y Janat son correctas, lo que yo antes dudaba pero ahora ya estoy más dispuesto a creer, indicaban que aquellos seres estaban conversando animadamente. Saqué mi pistola lanzallamas y me preparé para una dura lucha. No tenía demasiadas posibilidades, pero el arma me daba una cierta ventaja. Si las cosas aquellas conocían el edificio, entrarían a por mí y de aquella manera me darían la clave de cómo salir tal como los skorahs hubieran hecho. El que me iban a atacar me parecía seguro; pues aunque no podían ver el cristal en mi bolsa, podían adivinar su presencia mediante aquel sentido especial que poseían.

Pero, sorprendentemente, no me atacaron. En lugar de ello se dispersaron y formaron un amplio círculo a mi alrededor... a una distancia que indicaba que se estaban apoyando contra el muro invisible. Allí de pie, formando un anillo, los seres se quedaron mirándome silenciosa e inquisitivamente, moviendo sus tentáculos y a veces haciendo gestos con sus cabezas o sus patas superiores. Al cabo de un rato vi que otros salían del bosque, y avanzaban hasta unirse a la multitud curiosa. Los más cercanos al cadáver lo miraron brevemente, pero no intentaron tocarlo. Era una visión horrible, pero a los hombres-lagarto parecía no importarles. De vez en cuando uno de ellos apartaba con un gesto de sus extremidades o tentáculos las moscas farnoth, o aplastaba un reptante sificligh o akman, o una estirada hierba efjeh con los discos de succión de sus patas traseras. Devolviendo la mirada de aquellos grotescos e inesperados intrusos, y preguntándome inquieto por qué no me atacaban inmediatamente, perdí por el momento todo deseo y hasta la energía física necesaria para continuar mi búsqueda de una salida. En lugar de ello, me apoyé contra la pared invisible del pasadizo en que me encontraba, dejando que mi asombro se transformase gradualmente en una cadena de locas especulaciones. Un centenar de misterios que previamente me habían inquietado parecían, de repente, tomar un nuevo y siniestro significado, y temblé con un miedo agudo, distinto a cualquier otro que hubiera experimentado antes.

Creía saber por qué aquellos seres repulsivos estaban agolpándose expectantes a mi alrededor. Creía también haber descubierto al fin el secreto de la estructura transparente. El tentador cristal que habla encontrado, el cuerpo del hombre que lo había hallado antes que yo... todas esas cosas comenzaron a adquirir un significado tétrico y amenazador. No habla sido una vulgar racha de mala fortuna lo que me había hecho perderme en aquella maraña de corredores transparentes y sin techo. Ni mucho menos. Sin duda alguna, aquel lugar era algo deliberado: un laberinto construido a propósito por aquellos seres infernales cuyas habilidades y mentalidad había infravalorado. Pero, ¿no debería haberlo sospechado antes, conociendo su raro talento arquitectónico? Su propósito estaba bien claro. Era una trampa; una trampa dispuesta para cazar seres humanos, y con el cristal esferoide como cebo. Aquellos seres reptiloides, en su guerra con los ladrones de cristales, habían decidido usar la estrategia, y estaban utilizando nuestra propia codicia contra nosotros mismos. Dwight, si es que aquel cuerpo putrefacto era Dwight, había sido víctima del laberinto. Debía de haber quedado atrapado hacía algún tiempo, y no había logrado hallar la salida. Sin duda la falta de agua lo había enloquecido, y quizá se había quedado también sin cubos de clorato. Probablemente su máscara no se le había perdido accidentalmente; era más probable que se hubiera suicidado. En lugar de enfrentarse con una muerte lenta, había acabado con sus problemas quitándose deliberadamente la máscara y dejando que la atmósfera letal acabase con él en seguida. La horrible ironía de su destino estaba en su situación... a solo unos pasos de la salida salvadora que no había logrado hallar. Un minuto más de búsqueda, y habría estado a salvo. Y ahora yo estaba tan atrapado como él. Atrapado y con aquella manada de curiosos riéndose de mi desgracia. La idea era enloquecedora, y, cuando la tuve se apoderó de mi una repentina oleada de pánico que me hizo echar a correr sin rumlx, por los invisibles corredores. Durante varios minutos fui un demente: tropezando, cayéndome, hiriéndome contra las paredes invisibles, y finalmente desplomándome en el barro como un montón de carne estremecida, dolorida, sangrante y sin consciencia.

La caída me calmó un poco, así que cuando lentamente me puse en pie, pude fijarme en las cosas y razonar. El círculo de mirones estaba agitando sus tentáculos en una forma extraña y regular, que me sugería una burla por su parte, así que les enseñé el puño con ira cuando me puse en pie. Mi gesto pareció incrementar su diversión; y algunos de ellos lo imitaron burdamente con sus verdosas extremidades anteriores. Algo avergonzado, traté de recapacitar y considerar la situación. Después de todo, no estaba tan mal como Dwight. A diferencia de él, sabía cuál era la situación, y hombre prevenido vale por dos. Tenía pruebas de que se podía llegar a una salida, y no repetiría su trágico acto de desesperación. El cadáver... o el esqueleto, que es lo que pronto sería, seguía sirviéndome de guía para hallar la abertura, y una paciencia decidida no dejaría de llevarme hasta ella si trabajaba lo bastante, con inteligencia. Sin embargo, tenía la desventaja de estar rodeado por aquellos demonios reptiloides. Ahora que me daba cuenta de la naturaleza de la trampa, cuyo material invisible indicaba unos conocimientos superiores a cualquier cosa conocida en la Tierra, ya no podía despreciar la mentalidad y recursos de mis enemigos. Aún con mi pistola lanzallamas pasaría un mal rato para alejarme de allí... aunque la audacia y la rapidez me servirían, sin lugar a dudas, para salir del aprieto.

Pero primero tenía que llegar al exterior... a menos que pudiera atraer o provocar a alguno de aquellos seres, para que avanzase hacia mí. Mientras preparaba mi pistola para cualquier posible acción y comprobaba mi abundante suministro de munición, se me ocurrió que podía probar el efecto de la misma sobre las paredes invisibles. ¿Habría estado pasando por alto un método de escape factible? No tenía ni idea de la composición química de la barrera transparente, y tal vez se tratase de algo que una lengua de fuego pudiera cortar sin problemas. Eligiendo una sección que daba hacia el cadáver, descargué cuidadosamente la pistola a bocajarro y tanteé con mi cuchillo allá donde había dado la descarga. Nada había cambiado. Había visto cómo la llama se extendía al tocar la superficie, y me daba cuenta de que mi esperanza había sido vana. Solo una larga y tediosa búsqueda de la salida lograría llevarme al exterior. Así que, tragándome otra tableta alimenticia y colocando otro cubo en el electrolizador de mi máscara, reinicié la larga búsqueda, volviendo sobre mis pasos hacia la cámara central e intentándolo de nuevo. Constantemente consultaba mis notas y dibujos, y tomaba otros nuevos, equivocándome una y otra vez en los giros, pero siguiendo desesperadamente hasta que la luz de la tarde se hizo muy débil. Mientras insistía en mi exploración, miraba de vez en cuando al silencioso círculo de espectadores burlones, y noté un gradual cambio en su composición. De vez en cuando algunos volvían al bosque, mientras que otros llegaban a tomar sus lugares. Cuanto más pensaba en sus tácticas menos me gustaban, pues me daban una idea de los posibles motivos de aquellos seres. En cualquier momento aquellos diablos hubieran podido avanzar y luchar conmigo, pero parecían preferir contemplar mis intentos por escapar. No me cabía más posibilidad que considerar que estaban divirtiéndose con el espectáculo, y esto me hizo temer con mayor fuerza la idea de caer en sus manos. Con la llegada de la oscuridad cesé mi búsqueda, y me senté en el barro para descansar. Ahora estoy escribiendo a la luz de mi lámpara, y pronto intentaré dormir un poco. Espero que mañana lograré salir; pues mi cantimplora está vaciándose, y las tabletas de lacol son un mal sustituto para el agua. Y no me atrevo a intentar sorber la humedad de este barro, pues el agua de los barrizales de esta región es tan solo potable cuando ha sido destilada. Por eso tenemos esas largas conducciones de agua hasta las zonas de arcilla amarilla, y dependemos del agua de lluvia cuando esos diablos sabotean nuestras tuberías. Además, tampoco tengo demasiados cubos de clorato, y debo intentar disminuir mi consumo de oxígeno tanto como pueda. Mi tentativa de abrir un túnel a primera hora de la tarde, y mi loca carrera de después, consumieron una peligrosa cantidad de aire. Mañana reduciré mis esfuerzos físicos al mínimo posible hasta que me halle frente a los reptiles y tenga que luchar con ellos. Necesito una buena cantidad de cubos para el viaje de regreso a Terra Nova. Mis enemigos siguen ahí; puedo ver un círculo de sus poco luminosas antorchas fosforescentes a mi alrededor. Esas luces me producen una sensación de horror que tiende a mantenerme despierto.

VI, 14 POR LA NOCHE
¡Otro día completo de búsqueda y aún no he hallado mi camino al exterior! Comienza a preocuparme el problema del agua, pues acabé con el contenido de mi cantimplora al mediodía. Durante la tarde hubo un aguacero y regresé a la cámara central a buscar el casco que había dejado como señal, para usarlo como recipiente y conseguir un par de vasos de agua. Me bebí la mayor parte de la misma, pero he puesto el poco que quedó en la cantimplora. Las tabletas de lacol sirven bien poco contra la verdadera sed, y espero que vuelva a llover durante la noche. He dejado el casco boca arriba para que recoja el agua que caiga. Y tampoco tengo demasiadas tabletas alimenticias, aunque eso aún no sea un peligro. De todas maneras, de ahora en adelante me pondré a media ración. Lo que realmente me preocupa son los cubos de clorato, pues aún sin ejercicios violentos, el continuo caminar de todo un día consume un número peligroso de los mismos. Me siento débil por mi forzada economía de oxígeno, y por mi sed, que va en constante aumento. Cuando reduzca la comida supongo que aún me sentiré más débil.

Hay algo maldito, algo extraño, en este laberinto. Podría jurar que había eliminado ciertos giros con mis dibujos, y sin embargo cada nuevo intento va en contra de algún supuesto que creía comprobado. Nunca antes me había dado cuenta de lo perdidos que estamos sin referencias visuales. Un hombre ciego quizá lo hiciese mejor que yo... pero para la mayoría de nosotros la vista es el principal de nuestros sentidos. El efecto de todos esos recorridos inútiles es causarme un profundo desaliento. Puedo comprender cómo debió de sentirse el pobre Dwight. Su cadáver es ahora tan solo un esqueleto, y los sificlighs y moscas farnoth ya han desaparecido. Las hierbas efjen están haciendo pedazos el uniforme de cuero, pues eran más largas y crecen más rápido de lo que me imaginaba. Y durante todo el tiempo, esos espectadores cambiantes permanecen agitando sus tentáculos alrededor de la barrera, riéndose de mí y disfrutando de mi desgracia. Un día más y enloqueceré, si es que no me desplomo muerto de agotamiento. Mas no me queda Otra solución que perseverar. Dwight habría salido si hubiera seguido caminando un minuto más. Y es posible que alguien de Terra Nova venga a buscarme antes de que pase mucho más tiempo, aunque éste sea solamente mi tercer día de ausencia. Me duelen horriblemente los músculos, y no parezco descansar en absoluto cuando me acuesto en este repugnante barro. La pasada noche, a pesar de mi terrible fatiga, dormí sobresaltado, y esta noche temo que no lo haga mejor. Vivo en una continua pesadilla: pasando del sueño a la vigilia, y sin embargo sin estar verdaderamente despierto o dormido. Me tiembla la mano, ya no puedo seguir escribiendo. Ese círculo de tenues antorchas fosforecentes es repugnante.

VI, 15 A ULTIMA HORA DE LA TARDE
¡Adelanto considerablemente! Las cosas tienen buen aspecto. Estoy muy agotado y no dormí mucho antes de que saliera el sol. Entonces, dormité hasta el mediodía, aunque sin lograr descansar totalmente. No ha llovido, y la sed me debilita mucho. Comí una tableta alimenticia extra para mantenerme en marcha, pero sin agua no me ha servido demasiado. Me atreví a intentar beber algo del agua del barro en una ocasión, pero me produjo violentos vómitos y aún me dejó más sediento que antes. Debo conservar los cubos de clorato, así que casi me estoy sofocando por la falta de oxígeno. No puedo caminar la mayor parte de tiempo, pero consigo arrastrarme por el barro. Hacia las dos de la tarde creí reconocer algunos de los pasadizos, y me acerqué mucho al cadáver, o esqueleto, de lo que habla hecho en mis intentos del primer día. En una ocasión llegué a un callejón sin salida, pero volví al camino principal con ayuda de mi mapa y notas. El problema de más anotaciones es que hay demasiadas. Deben llenar un metro del papiro, y debo detenerme durante largos ratos para descifrarlas. No consigo concentrarme a causa de la sed, la sofocación y el agotamiento, y no logro comprender lo que he escrito. Esos malditos seres verdes siguen mirándome y riéndose con sus tentáculos, y a veces gesticulan de una forma que me hace creer que se están contando alguna terrible broma que no logro comprender. Fue hacia las tres de la tarde cuando realmente hallé una buena pista. Había un portal que, según mis notas, no había atravesado antes; y cuando lo hice vi que pedía arrastrarme dando un rodeo hacia el esqueleto envuelto por las hierbas. El camino era una especie de espiral, muy similar a aquella por la que había llegado inicialmente a la cámara central. Cuando llegaba a una puerta lateral o a una intersección, seguía el camino que más parecía repetir el recorrido original. Mientras me acercaba, en círculos, más y más a mi repugnante punto de referencia, los espectadores del exterior intensificaban sus crípticas gesticulaciones y su irónica risa silenciosa. Evidentemente veían algo macabramente divertido en mi avance... dándose cuenta, sin lugar a dudas, de lo inerme que estaré en cualquier lucha con ellos. Dejé que se rieran; pues aunque me daba cuenta de mi tremenda debilidad, contaba con la pistola lanzallamas y con sus numerosos cargadores extra para abrirme paso entre la vil falange de reptiles.

Ahora mi esperanza estaba en alza, pero no intenté ponerme en pie. Era mejor seguir reptando, y guardar mis fuerzas para el cercano encuentro con los hombres-lagarto. Mi avance era muy lento, y el peligro de perderme en algún camino sin salida muy grande, pero, de todas formas, parecía ir siguiendo una curva que decididamente me llevaba hacia mi meta ósea. La perspectiva me daba nuevas fuerzas, y durante un tiempo dejé de preocuparme del dolor, la sed, y mi escasa cantidad de cubos. Las criaturas se estaban agrupando todas alrededor de la entrada: haciendo gestos, saltando y riendo con sus tentáculos. Pronto, reflexioné, debería enfrentarme con aquella horda... y quizá con los refuerzos que recibiesen del bosque. Estoy ya tan solo a unos metros del esqueleto, y me detengo a tomar estas notas antes de salir y atravesar esa molesta banda de seres. Confío en que con mis últimas energías podré ponerlos en fuga a pesar de su número, pues el radio de acción de esta pistola es tremendo. Entonces acamparé en el musgo seco del borde de la meseta, y por la mañana viajaré cansadamente por la jungla hacia Terra Nova. Me alegrará volver a ver de nuevo hombres vivos y los edificios de la raza humana. Los dientes de esa calavera brillan y sonríen de una forma horrible.

VI, 15 YA CASI DE NOCHE.
¡Horror y desesperación, me equivoqué de nuevo! Tras tomar las anteriores notas me aproximé aún más al esqueleto, pero repentinamente encontré una pared que se interponía. De nuevo había sido engañado, y aparentemente volvía a estar en la misma situación que tres días antes, durante mi primer fútil intento de salir del laberinto. No sé si grité o no... quizá estuviera demasiado débil para producir un solo sonido. Simplemente, me quedé anonadado en el barro durante un largo período, mientras las cosas verdosas del exterior saltaban y reían y gesticulaban. Al cabo de un tiempo recuperé totalmente el conocimiento... Mi sed, debilidad y sofocación estaban acabando conmigo rápidamente, y con mis últimas fuerzas coloqué un nuevo cubo en el electroliza...... sin pensarlo, y sin considerar mis necesidades para el viaje de vuelta a Terra Nova. El oxígeno así obtenido me revivió ligeramente, y me permitió contemplar los alrededores con más atención. Parecía como si estuviera un poco más lejos del pobre Dwight de lo que me había hallado en mi primer desengaño, y me pregunté embotadamente si podría hallarme en otro corredor algo más remoto. Con esta débil esperanza me arrastré laboriosamente hacia adelante, pero al cabo de algunos metros encontré una pared como en la anterior ocasión. Así que aquello era el fin. Tres días no me habían llevado a ninguna parte y mis fuerzas han desaparecido. Pronto enloqueceré de sed, y ya no tengo bastantes cubos como para regresar. Me pregunté débilmente por qué aquellos seres de pesadilla se habían agrupado de tal forma junto a la entrada, para burlarse de mi. Probablemente era parte de su trampa: el hacerme creer que estaba aproximándome a una salida que sabían que no existía. Sé que no duraré mucho, aunque estoy resuelto a no acelerar mi fin como hizo Dwight. Su cráneo sonriente está vuelto hacia mí, movido por los tanteos de una de las hierbas efjeh que están devorando su traje de cuero. La fantasmal mirada de esas cuencas vacías es peor que la de esos horrores reptiloides. Da un ominoso significado a esa sonrisa muerta. Me quedaré muy quieto sobre el barro para recuperar mis fuerzas en lo posible. Estas notas, que espero lleguen a poder de los que vengan tras de mí, y les sirvan de aviso, estarán pronto terminadas. Cuando acabe de escribir, descansaré un largo rato. Entonces, cuando sea demasiado oscuro y esos seres no puedan verme, utilizaré mis últimas reservas de energía para intentar lanzar el papiro sobre la pared y el corredor que me separa de ella hacia la llanura exterior Tendré buen cuidado de apuntar hacia la izquierda, donde no caiga entre el grupo de burlones espectadores. Quizá se pierda para siempre entre el barro... pero quizá caiga en algún matorral y llegue al fin a manos humanas.

Si al final es leído, espero que sirva para algo más que para simplemente advertir a otros hombres de esta trampa. Espero que sirva para enseñarle a nuestra raza que debe dejar esos brillantes cristales donde están. Pertenecen a Venus. Nuestro planeta realmente no los necesita, y creo que hemos violado alguna ley oscura y misteriosa, alguna ley profundamente oculta en los arcanos del cosmos, en nuestras tentativas de apoderarnos de ellos. ¿Quién puede decir qué oscuras, potentes y extensas fuerzas empujan a esos seres reptilescos que guardan su tesoro en forma tan extraña? Dwight y yo ya hemos pagado nuestra culpa, como otros lo han hecho antes y otros los harán después. Aunque quizá esas pocas muertes sean únicamente un preludio de unos horrores más grandes que aún están por venir. Dejemos a Venus lo que es de Venus. Ya estoy muy próximo a la muerte, y temo no ser capaz de poder lanzar el papiro cuando llegue la noche. Si no puedo hacerlo> supongo que los hombres-lagarto se apoderarán de él, pues probablemente se dan cuenta de lo que es. No querrán que nadie tenga un previo aviso acerca del laberinto... y no sabrán que mi mensaje contiene una suplica a su favor. A medida que se aproxima mi fin me siento más predispuesto a favor de esos seres. ¿Quién puede decir, en la escala de las entidades cósmicas, qué especie se encuentra más alta, o se aproximan más a la norma orgánica de los espacios... si la suya o la mía?

Acabo de sacar el gran cristal de mi bolsa para mirarlo durante mis últimos instantes. Brilla fiera y amenazadoramente a los rojizos rayos de la puesta del sol. La horda se ha dado cuenta de ello y sus gestos han cambiado en una forma que no pued6 comprender. Me pregunto por qué permanecerán agrupados alrededor de la entrada en lugar de concentrarse en un punto más cercano de la pared transparente. Estoy perdiendo el sentido y ya no puedo escribir mucho más. Las cosas giran a mi alrededor, y no obstante, no acabo de perder el conocimiento. ¿Podré lanzar el papiro sobre la pared? El cristal brilla mucho, y eso que cada vez oscurece más. Oscuro. Muy débil. Siguen riendo y saltando alrededor de la puerta, y han encendido esas infernales antorchas fosforescentes. ¿ Se están yendo? Creí oír un sonido una luz en el cielo...

INFORME DE WESTLEY P. MILLER, DIRECTOR DEL GRUPO A COMPAÑIA CRISTAL DE VENUS (TERRA NOVA EN VENUS - VI, 16)
Nuestro empleado A49, Kenton 1. Stanfield, domiciliado en 5317 Marshall Street, Richmond, Estados Unidos, salió de Terra Nova a primera hora del VI, 12, para un corto viaje guiado por un detector. Debiendo regresar el 13 o el 14, no había aparecido a la tarde del 15, por lo que el avión de observación FR-58 con cinco hombres a mi mando partió a las ocho de la tarde para seguir su ruta con el detector. La aguja no señalaba ningún cambio respecto a lecturas anteriores. Seguimos la aguja hasta la Meseta Eryciniana, manteniendo en funcionamiento durante todo el camino nuestros potentes reflectores. Nuestros lanzallamas de triple potencia y cilindros de radiación D hubieran podido dispersar cualquier fuerza ordinaria de nativos hostiles, o cualquier manada peligrosa de skorahs carnívoros. Cuando estuvimos en la llanura abierta de Eriyx vimos un grupo de luces en movimiento que sabíamos que eran antorchas fosforescentes nativas. Al aproximarnos, se dispersaron por el bosque. Probablemente eran de setenta y cinco a cien. El detector indicaba que había un cristal en el punto del que provenían. Planeando a baja altura sobre aquel punto, nuestras luces descubrieron objetos en el suelo. Un esqueleto cubierto por hierbas efjeh, y un cuerpo a unos tres metros del mismo. M hacer descender el avión cerca de los cuerpos, la punta del ala chocó contra un obstáculo invisible.

Acercándonos a los cuerpos a pie, nos topamos con una lisa barrera invisible que nos asombró tremendamente. Tanteando cerca del esqueleto hallamos una abertura, tras la cual habla un espacio con otro orificio que daba al esqueleto. Este, aunque había sido despojado de su ropa por las hierbas, tenía junto a él uno de los cascos numerados de la Compañía, Era el empleado B-9, Frederick N. Dwight, del grupo Koenig, que había partido hacía dos meses de Terra Nova en un viaje largo. Entre este esqueleto y el cadáver aún indemne parecía haber otra pared, pero pudimos identificar fácilmente al segundo hombre como Stanfield. Tenía un papiro de notas en su mano izquierda y una pluma en la derecha, y parecía haber estado escribiendo cuando murió. No se vela ningún cristal, pero el detector indicaba la existencia de un enorme espécimen cerca del cadáver de Stanfield. Tuvimos grandes dificultades para llegar hasta éste, pero finalmente lo logramos. El cadáver estaba aún caliente, y junto a él se hallaba un gran cristal, cubierto por el poco profundo barro. Inmediatamente estudiamos su papiro y nos preparamos a dar ciertos pasos siguiendo los datos contenidos en él. Las anotaciones del papiro forman la larga narración que precede a este informe; una narración que hemos verificado en sus puntos esenciales, y que adjuntamos como explicación de lo que hallamos. Las partes finales del relato muestran el deterioro de su mente, pero no hay razón para dudar de su parte principal. Stanfield obviamente falleció por una combinación de su sed, sofocación, tensión cardíaca y depresión psicológica. Tenía colocada la máscara y esta estaba generando oxígeno normalmente, a pesar de su escasa reserva de cubos.

Teniendo dañado nuestro aparato, enviamos un mensaje por radio reclamando la presencia de Anderson con el avión de reparaciones FG-7, con un equipo de demoliciones y material para las mismas. Hacia la mañana el FR-58 ya había sido reparado, y regresó al mando de Anderson llevando los dos cadáveres y el cristal. Enterraremos a Dwight y Stanfield en el cementerio de la Compañía, y enviaremos el cristal a Chicago en el siguiente navío que se dirija a la Tierra. Luego, adoptaremos la sugerencia de Stanfield... la más cuerda contenida al principio del informe, cuando aún estaba sano, y traeremos las suficientes tropas como para acabar con los nativos. Con el campo libre, no habrá límites en la cantidad de cristales que podamos obtener. Por la tarde estudiamos con mucho cuidado el edificio o trampa invisible, explorándolo con la ayuda de largas cuerdas de guía, y preparando un mapa completo para nuestros archivos. Nos sentimos muy impresionados por el diseño, y conservamos especímenes de la sustancia para someterlos a análisis químicos. Estos conocimientos nos serán útiles cuando invadamos las ciudades nativas. Nuestras brocas de diamante tipo C lograron perforar el material, y el equipo de demoliciones está ahora dinamitando el edificio para volarlo hasta los cimientos. No quedará nada cuando hayan acabado. Este edificio es una verdadera amenaza para el tráfico aéreo y de otros tipos.

Al contemplar el plan del laberinto uno se siente impresionado no solo por la ironía del fin de Dwight, sino también por el de Stanfield. Cuando intentamos llegar hasta el segundo cadáver desde el esqueleto, no pudimos hallar acceso hacia la derecha, pero Marheim encontró una puerta desde el primer espacio interior a unos cuatro metros y medio más allá de Dwight y a un metro y medio de Stanfield. Tras ella había un largo corredor que no exploramos hasta más tarde, pero en su lado derecho había otra puerta que llevaba directamente al cadáver. Stanfield podría haber alcanzado la salida exterior caminando unos seis o siete metros si hubiera hallado la abertura que estaba directamente tras él... una abertura de la que no se dio cuenta a causa de su cansancio y desesperación.

H.P. Lovecraft (1890-1937)

En Los Muros de Eryx Parte I H. P. Lovecraft


En los muros de Erix.
In the walls of Eryx, Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)

Parte I

Antes de tratar de descansar voy a redactar estas notas como preparación para el informe que debo realizar. Lo que he encontrado es tan singular, tan contrario a toda experiencia pasada y a toda previsión, que merece una descripción muy cuidadosa. Llegué a la base principal de Venus el 18 de marzo, según el calendario de la Tierra; VI, 9 del calendario del planeta. Tras ser destinado al grupo más nutrido, al mando de Miller, recibí mi equipo - un reloj dispuesto para tener en cuenta la rotación, algo más rápida, de Venus- y efectué el habitual entrenamiento con máscara. M cabo de dos días se me consideró - apto para todo trabajo.

Abandonando la base de la Compañía Cristal en Terra Nova al amanecer del VI, 12, seguí la ruta del sur que Anderson había cartografiado desde el aire. El camino era malo, pues esas junglas acostumbran a ser poco transitables tras un aguacero. Debe de ser la humedad que da a esas lianas y ramas entrelazadas su dureza de cuero; una dureza tan grande que con un machete se necesita casi diez minutos para cortar algunas de ellas. M mediodía todo estaba más seco, y la vegetación adquiría una consistencia blanda y gomosa, de forma que el machete cortaba con mayor facilidad... pero ni aún así podía ir demasiado aprisa. Esas máscaras de oxígeno tipo Carter son demasiado pesadas; y el solo hecho de cargar con uña de ellas deja derrengado a un hombre ordinario. Una máscara Dubois, con un sistema de esponja en lugar de cilindros, suministraría un aire igual de bueno con solo la mitad de peso. El detector de cristales parecía funcionar bien, señalando constantemente en una dirección que verificaba el informe de Anderson. Es curioso cómo funciona ese principio de afinidad... sin esas mentiras de los viejos «palos de zahoríes» de allá en la Tierra. Debía de haber un gran depósito de cristales en un radio de un millar y medio de kilómetros, aunque supongo que esos malditos hombres-lagarto deben de estar vigilando y guardándolo.

Probablemente deben de pensar que somos unos estúpidos por venir a Venus a buscar esas cosas, como nosotros pensamos que lo son ellos por arrodillarse en el barro y adorar cualquier trozo de esa materia que encuentran, o por tener una gran masa de la misma sobre un pedestal en su templo. Me gustaría que cambiasen de religión, pues para lo único que quieren los cristales es para rezar ante ellos. Si no fuera por su teología, nos dejarían llevarnos todas las cantidades que quisiésemos... y aunque aprendieran a aprovecharlos en la obtención de energía, habrían más que suficientes para su planeta y para la Tierra. Por mi parte, ya estoy harto de no ocuparme de los depósitos principales y tener que ir buscando cristales sueltos en los lechos de los ríos de la jungla. Algún día haré todo lo que pueda para que se lleve a cabo una matanza de esos desgraciados escamosos por un buen ejército de nuestro planeta. Una veintena de naves podrían traer las suficientes tropas como para llevarla a cabo. Uno no puede considerar que esos malditos animales sean hombres por muchas «ciudades» y torres qué edifiquen. No tienen talento más que para edificar, y para usar sus espadas y dardos envenenados, y no creo que sus llamadas «ciudades» sean mucho más que los hormigueros o las presas de los castores. Dudo que siquiera tengan un verdadero idioma; y todas esas chácharas acerca de la comunicación psicológica mediante esos tentáculos que tiene en el pecho me parecen puras memeces. Lo que engaña a la gente es que caminen sobre dos patas, cual no es más que un parecido accidental con el hombre de la Tierra. Me gustaría atravesar alguna vez una jungla venusiana sin tener que estar atento por si me encuentro un grupo de ellos, o para evitar sus malditos dardos. Quizá no molestasen antes de que comenzásemos a llevarnos los cristales, pero ahora son realmente peligrosos... con sus lanzamientos de dardos y sus sabotajes de nuestras conducciones de agua. Cada vez estoy más convencido de que tienen un sentido especial similar a nuestros detectores de cristales.

Nunca se ha sabido que molestaran a un hombre – si exceptuamos el lanzamiento de dardos a larga distancia – que no llevase cristales encima. Hacia la una del mediodía un dardo casi se me arrancó el casco, y por un segundo creí que uno de mis cilindros de oxígeno había sido perforado. Esos taimados diablos no habían hecho ningún ruido, pero tres de ellos me estaban rodeando. Los cacé a todos moviendo en círculo mi pistola lanzallamas, pues aunque su color se confundía con el de la jungla, pude descubrirlos por el movimiento de las ramas. Uno de ellos tenía dos metros y medio de alto, con un morro similar al de un tapir. Los otros dos tenían la habitual estatura de dos metros diez. Lo único que hace que sean una verdadera amenaza es su gran número... y un solo regimiento de lanzallamas podría acabar con ellos. Sin embargo, es curioso cómo han logrado ser la especie dominante del planeta. No existe otra especie viviente más desarrollada que los reptantes akmans y skorahs, o los tukanhs voladores del otro continente... a menos que, naturalmente, esos agujeros de la Meseta Dioneana oculten algo.

Hacia las dos de la tarde mi detector señaló hacia el oeste, indicando unos cristales aislados situados hacia mi derecha. Eso estaba de acuerdo con lo que decía Anderson, y por consiguiente, cambié de dirección. El camino era más duro, no solo porque era en cuesta, sino porque la vida animal y las plantas carnívoras eran más densas. Estaba dando golpes de machete a ugrats y pisando skorahs continuamente, y mi traje de cuero estaba totalmente manchado por los estallidos de los darohs que me golpeaban por todos lados. La luz era más débil a causa de la neblina, y el calor del sol no parecía acabar de secar el barro. Cada vez que daba un paso mi pie se hundía doce o quince centímetros, y se oía un sonido de succión, blup, cada vez que lo levantaba. Me gustaría que alguien inventase otro tipo de material que usar en los trajes para este clima que no fuera cuero. Naturalmente la tela se pudriría; pero algún tipo de tejido metálico fino que no se rasgase – como la superficie de este cubre papiros, que resiste la podredumbre – debería ser posible de conseguir. Comí hacia las 3,30, si es que el tragarse esas repugnantes tabletas alimenticias a través de la máscara puede ser llamado comer. Poco después me fijé en que se producía un claro cambio en el paisaje: las brillantes flores de aspecto venenoso cambiaban de color y tomaban un tinte funerario. Las siluetas de todas las cosas tremolaban rítmicamente, y aparecían brillantes puntos de luz que bailaban al mismo ritmo lento y continuo. Tras lo cual la temperatura pareció fluctuar al unísono con un peculiar ritmo tamborileante.

Todo el universo parecía estar temblando con profundas pulsaciones regulares que llenaban cada rincón del espacio y fluían a través de mi cuerpo y mi mente. Perdí todo sentido del equilibrio y me tambaleé mareado, pero las cosas no cambiaron lo más mínimo cuando cerré mis ojos y me cubrí las orejas con las manos. No obstante, mi mente aún estaba clara, y en pocos minutos me di cuenta de lo que había sucedido. Habla encontrado al fin una de aquellas curiosas plantas de espejismo acerca de las cuales tantos de nuestros hombres contaban historias. Anderson me había advertido que tuviera cuidado con ellas, y me habla descrito con precisión su apariencia: el velludo tallo, las espinosas hojas, y las moteadas flores cuyas gaseosas exhalaciones, productoras de sueños, penetran cualquier tipo existente de máscara. Recordando lo que le había sucedido a Bailey hacía tres años, caí en un momentáneo pánico, y comencé a correr tambaleante en el loco y caótico mundo que las exhalaciones de la planta hablan tejido a mí alrededor. Luego, el sentido común regresó a mí, y me di cuenta de que lo único que tenía que hacer era retirarme del punto donde estaban las peligrosas flores, alejándome de la fuente de las pulsaciones y siguiendo a ciegas un camino, sin importarme lo que pareciese girar a mí alrededor, hasta que hubiese logrado salir del radio de acción de la planta, y estar a salvo.

Aunque todo giraba en forma peligrosa, traté de seguir la dirección correcta y abrirme paso hacia adelante. Mi ruta. debía de ser todo menos recta, pues parecieron pasar horas antes de que lograra librarme de la ofuscante influencia de la planta productora de espejismos. Gradualmente las danzantes luces comenzaron a desaparecer, y el espectral paisaje comenzó a tomar un aspecto más sólido. Cuando estuve completamente a salvo miré mi reloj y me asombró darme cuenta de que solo eran las 4,20. Aunque me había parecido que pasaba una eternidad, toda aquella experiencia no habla durado más de media hora. Sin embargo, todo retraso era molesto, y había perdido camino al huir de la planta. Ahora seguí hacia adelante, ladera arriba, en la dirección indicada por el detector de cristales, empleando todas mis energías en el intento de ir más deprisa. La jungla seguía siendo espesa, aunque había menos vida animal. En una ocasión una flor carnívora rodeó mi pie derecho, y lo asió con tal fuerza que tuve que liberarme a golpes de machete, haciendo trizas la planta antes de lograr que me soltase. En menos de una hora me di cuenta de que la vegetación estaba haciéndose menos densa, y hacia las cinco de la tarde, tras pasar una región de helechos gigantes con pocos matorrales entre ellos, salí a una gran meseta musgosa. Ahora, mi paso se hizo rápido, y vi por los estremecimientos de la aguja de mi detector que estaba aproximándome bastante al cristal que buscaba. Era realmente extraño, porque la mayor parte de los dispersos esferoides en forma de huevo se hallaban en los arroyos de la jungla, de un tipo que no era muy probable encontrar en aquel terreno alto, sin árboles.

El terreno seguía subiendo, y acababa en una cresta muy definida. Llegué a la cima hacia las 5,30 y vi ante mi una llanura muy extensa y bosques en la distancia. Sin lugar a dudas aquello era la meseta cartografiada por Matsugawa desde el aire, hacía cincuenta años, y que era llamada en nuestros mapas Eryx o Meseta Eryciniana. Pero lo que hizo acelerar el ritmo de mi corazón fue un pequeño detalle, cuya posición no podía haber estado muy alejada del centro exacto de la llanura. Era un único punto de luz, que brillaba a través de la neblina y que parecía atraer la penetrante luminosidad concentrada de los amarillentos rayos del 501, atenuados por los vapores. Era sin duda el cristal que buscaba: un objeto que probablemente no sería mayor que el huevo de una gallina, y que no obstante contenía la suficiente energía como para mantener caliente durante un año a toda una ciudad. Mientras contemplaba el distante brillo, me preguntaba por qué sería que aquellos miserables hombres-lagarto adorasen a aquellos cristales sin que, no obstante, tuvieran la menor noción de la energía que contenían.

Echando a correr, traté de alcanzar el inesperado premio lo más rápidamente posible; y me sentí molesto cuando el firme musgo dio paso a un muy fluido y especialmente detestable barro moteado con ocasionales manchas de vegetación. Pero seguí chapoteando sin detenerme, sin pensar ni siquiera en mirar a mi alrededor en busca de algún hombre-lagarto al acecho. En aquel espacio abierto no era muy probable caer en una emboscada. Y mientras avanzaba la luz frente a mi parecía aumentar de tamaño y brillantez, y comencé a darme cuenta de alguna peculiaridad en su situación. Claramente se trataba de un cristal de una gran calidad, y mi alegría creció con cada paso chapoteante. Es ahora cuando debo comenzar a tener mucho cuidado al hacer mi informe, ya que lo que tendré que decir de ahora en adelante implicará temas sin precedente, aunque afortunadamente verificables. Iba corriendo hacia adelante con creciente ansiedad, y ya me encontraba a un centenar de metros, más o menos, del cristal, cuya posición en una especie de elevación del terreno parecía algo rara dado el omnipresente barro, cuando una inesperada y tremenda fuerza me golpeó en el pecho y en los nudillos, echándome hacia atrás, al barro. El chapoteo de mi caída fue terrible, y la blandura del terreno y la presencia de algunas hierbas resbaladizas no libró a mi cabeza de un anonadador golpe. Durante un momento me quedé boca arriba, demasiado atontado como para poder pensar. Entonces, mecánicamente, me puse en pie y comencé a sacudirme algo del barro y suciedad de mi traje de cuero.

No tenía ni idea de qué era aquello con lo que había tropezado. No había visto nada que hubiese podido producir aquel golpe, ni tampoco lo veía ahora. ¿Acaso habría, después de todo, resbalado simplemente en el barro? Mis doloridos nudillos y pecho me negaban esta posibilidad. O, ¿sería todo el incidente una ilusión creada por alguna oculta planta de espejismos? Parecía poco probable, ya que no notaba ninguno de los síntomas usuales, y porque no había por allí ningún lugar en el que un vegetal tan chillón y visible pudiera ocultarse a mi vista. Si hubiéramos estado en la Tierra, hubiera sospechado que se trataba de una barrera de fuerza N colocada por algún gobierno para marcar una zona prohibida, pero en aquella región deshabitada por el hombre tal noción parecía absurda. Finalmente logré recuperarme, y decidí investigar con cautela. Manteniendo mi machete todo lo por delante que podía para que fuera lo primero que se encontrase con la extraña fuerza, comencé a caminar de nuevo hacia el brillante cristal, disponiéndome a adelantar paso a paso con una gran deliberación. Al tercer paso me vi detenido por el impacto de la punta del machete contra una superficie aparentemente sólida... una superficie sólida allá donde mis ojos no veían nada.

Al cabo de un momento recuperé mi aplomo. Extendiendo mi enguantada mano, verifiqué la presencia de una materia sólida invisible, o de una ilusión táctil de materia sólida, frente a mí. Moviendo la mano comprobé que la barrera tenía una extensión sustancial, y una lisura parecida a la del cristal, sin que hubiera evidencia de junturas de bloques separados. Animándome a realizar nuevos experimentos, me quité un guante y palpé aquello con la mano desnuda. Desde luego era duro y su tacto era vítreo, y con una extraña frialdad que contrastaba con el aire que me rodeaba. Forcé la vista al máximo en un esfuerzo por divisar alguna huella de sustancia obstructora, pero no pude ver nada. Ni siquiera había evidencias de un poder refractor, juzgando por el aspecto del terreno situado enfrente. La ausencia de un poder reflexivo quedaba probada por el que no hubiera una imagen brillante del sol en ningún punto. Una intensa curiosidad comenzó a desplazar cualquier otro sentimiento, y amplié mis investigaciones lo mejor que pude. Explorando con las manos, comprobé que la barrera se extendía desde el suelo hasta un nivel mucho más alto del que yo podía alcanzar, y que se prolongaba indefinidamente hacia ambos lados. Era, pues, un muro de algún tipo, aunque su propósito y el material de que estaba construido eran algo que no podía ni imaginar. De nuevo pensé en la planta de espejismos y los sueños que inducía, pero al cabo de un instante abandoné tal idea.

Golpeando con fuerza la barrera con la empuñadura del machete, y dándole patadas con mis gruesas botas, traté de interpretar los sonidos así producidos. En aquellas reverberaciones había algo que recordaba al cemento armado, aunque mis manos notaban la superficie más bien vítrea o metálica al tacto. Ciertamente me enfrentaba con algo extraño, y de lo cual no había previa experiencia. El siguiente paso en toda lógica era hacerse idea de las dimensiones del muro. El problema de la altura sería difícil de resolver, si es que no era imposible, por lo que quizá fuera más fácil ocuparse antes de la cuestión del largo y forma. Extendiendo los brazos y manteniéndome apretado contra la barrera, comencé a caminar lentamente hacia la izquierda, fijándome muy bien hacia qué lado estaba dando frente. Tras algunos pasos concluí que la pared no era recta, sino que me encontraba siguiendo parte de algún amplio circulo o elipse. Y entonces mi atención fue distraída por algo totalmente distinto... algo relacionado con el aún lejano cristal que era el objetivo de mi búsqueda. Ya he dicho que aún desde mayor distancia la posición del objeto brillante aprecia extraña en alguna manera indefinible, pues se hallaba sobre un bajo montículo que se alzaba sobre el barro. Ahora, a un centenar de metros, podía ver claramente a pesar de la neblina lo que era el montículo. Era el cuerpo de un hombre ataviado con uno de los uniformes de cuero de la Compañía Cristal, caído boca arriba y con su mascarilla de oxígeno medio hundida en el barro a algunos centímetros de distancia. En su mano derecha, apretada convulsivamente contra el pecho, se hallaba el cristal que me había traído allí: un esferoide de increíble tamaño, tan grande, que los dedos muertos casi no podían cerrarse sobre él. Aún a aquella distancia podía darme cuenta de que el hombre llevaba muerto poco tiempo. Se veía muy poca descomposición, y reflexioné que en un tal clima aquello significaba que la muerte se había producido hacía tan solo un día. Pronto las odiosas moscas-farnoth comenzarían a amontonarse sobre el cuerpo. Me pregunté quién seria el hombre. Desde luego nadie que hubiera visto en aquel viaje. Debía tratarse de uno de los veteranos ausente en un largo periplo, que había llegado a aquella región independientemente de los trabajos de Anderson.

Y allí yacía, más allá de todo problema, y con los rayos del gran cristal surgiendo de entre sus rígidos dedos. Durante más de cinco minutos me quedé allí mirando, lleno de asombro y aprensión. Un curioso miedo me asaltó, y tuve el irrazonable impulso de escapar corriendo. No podía haber sido asesinado por aquellos repugnantes hombres-lágarto, pues aún tenía el cristal que había hallado. ¿Tendría aquello alguna conexión con la pared invisible? ¿Dónde habría hallado el cristal? El instrumento de Anderson había indicado uno por aquellos alrededores mucho antes de que aquel hombre pudiera haber perecido. Ahora comencé a ver en aquella barrera invisible algo siniestro, y retrocedí, apartándome de ella con un estremecimiento. Y, sin embargo, sabía que tenía que solucionar el misterio con aún más rapidez y de una vez por todas, debido precisamente a aquella reciente tragedia. De pronto, con una sacudida que devolvió mi mente al problema con que se enfrentaba, sé me ocurrió una forma posible de estudiar la altura del muro, o al menos de averiguar si se extendía o no indefinidamente hacia arriba. Tomando un puñado de barro, dejé que gotease hasta que hubo adquirido una cierta consistencia, y entonces lo lancé a lo alto, hacia la barrera totalmente transparente. A una altura de quizá cuatro metros golpeó a la superficie invisible con un sonido resonante, desintegrándose y fluyendo en chorritos que bajaban con una sorprendente rapidez. Claramente se veía que el muro era alto. Un segundo puñado, lanzado aún más hacia arriba, golpeó la superficie a unos cinco metros de altura, desapareciendo tan rápidamente como el primero.

Reuní entonces todas mis fuerzas y me preparé a lanzar un tercer puñado tan alto como me fuera posible. Dejando escurrir el barro, y apretándolo para conseguir que estuviera lo más compacto posible, lo lancé con tal inclinación que temí que no alcanzase siquiera a la barrera. No obstante, lo hizo, y esta vez cruzó el muro y cayó en el barro de más allá con un violento chapoteo. Al fin tenía una idea aproximada de la altura del muro, pues el barro la había sobrepasado a unos seis metros de altura. Resultaba pues totalmente imposible ascender una pared lisa y resbaladiza, vertical, de una altura de unos seis metros. Por consiguiente, debía continuar rodeando la barrera en la esperanza de hallar un portal, un fin, o algún tipo de interrupción. ¿Formaba el obstáculo un círculo completo u otra figura geométrica cerrada, o era simplemente un arco o un semicírculo? Actuando según mi decisión, reinicié mi lento camino hacia la izquierda, moviendo mis manos arriba y abajo sobre la superficie invisible por si tenía la suerte de hallar alguna ventana u otra pequeña abertura. Antes de comenzar a andar, traté de marcar mi posición abriendo a patadas un agujero en el barro, pero era demasiado fluido como para poder dejar una huella en él. No obstante, determiné aproximadamente el lugar fijándome en una alta cicada de la lejana selva, que aprecia estar en línea con el brillante cristal, situado a un centenar de metros de mí. Si no había ningún portal o fisura, ahora podría saber cuándo había dado una vuelta completa a la pared.

No había tenido que seguir mucho rato antes de lograr determinar que la curvatura indicaba un recinto circular de un centenar de metros de diámetro, siempre que la figura fuera regular. Eso quería decir que el muerto yacía cerca de la pared en un punto casi opuesto de la región donde yo había iniciado mi experimento. ¿Estaría en la parte interior o exterior del recinto? Aquella era algo que pronto averiguaría. Cuando lentamente fui dando vuelta a la barrera sin hallar ninguna puerta, ventana u otra interrupción, decidí que el cuerpo debía de encontrarse en el interior. Desde más cerca las facciones del muerto, y la forma en que sus ojos miraban, me parecieron algo inquietantes. Cuando me hallé muy cerca creí reconocerlo como Dwight, un veterano al que nunca había tratado, pero al que había visto en el puesto el año pasado. El cristal que aferraba era ciertamente un ejemplar precioso: el mayor espécimen que jamás hubiera visto. Estaba tan cerca del cuerpo que, de no ser por la barrera, lo hubiera podido tocar, cuando mi tanteante mano izquierda halló un ángulo en la superficie invisible. En un segundo averigüé que se trataba de una abertura de unos noventa centímetros de ancho, que se extendía desde el suelo hasta una altura mayor de la que podía alcanzar. No había puerta, ni ninguna evidencia de señales de bisagras que hablasen de una puerta desaparecida. Sin un solo momento de duda di un paso hacia adelante y avancé otros dos hacia el cuerpo postrado, que yacía formando un ángulo recto con la sala en que había entrado, en lo que parecía ser un corredor sin puerta, que intersectaba con ella. Me produjo una nueva sensación de curiosidad el darme cuenta de que el interior de aquel vasto recinto estaba dividido por paredes.

Inclinándome para examinar el cadáver, descubrí que no tenía herida alguna. Esto no me sorprendió, ya que la presencia del cristal era un argumento en contra de que su muerte se debiera a los reptiles nativos. Buscando alguna posible causa de su fallecimiento, mis ojos cayeron sobre la máscara de oxígeno que se encontraba junto a los pies del cadáver. Eso sí que era significativo. Sin aquel artefacto ningún ser humano podía respirar el aire de Venus durante más de treinta segundos y Dwight, si es que era él, obviamente había perdido el suyo. Probablemente lo había llevado descuidadamente atado, de forma que el peso de los cilindros había soltado las correas, una cosa que no hubiera sucedido con una máscara de esponja Dubois. El medio minuto de tiempo había sido demasiado poco para permitir al hombre recuperar su protección, o quizá el contenido cianógeno de la atmósfera fuera anormalmente alto en el momento en que se produjo el accidente. Tal vez estaba demasiado ocupado admirando el cristal... fuera donde fuese que lo hubiera hallado. Aparentemente acababa de sacarlo de la bolsa de su traje, pues la tapa de la misma estaba desabrochada. Entonces procedí a arrancar el enorme cristal de los dedos del explorador muerto... una tarea que la rigidez del cadáver hacía muy difícil. El esferoide era mayor que el puño de un hombre, y brillaba como si tuviera vida propia a los rojizos rayos del sol que se hallaba en el oeste. Cuando toqué la brillante superficie me estremecí involuntariamente, como si al tomar aquel precioso objeto me hubiera transferido el fatal destino que había caído sobre su anterior propietario. No obstante, mis recelos pronto se desvanecieron, y cuidadosamente introduje el cristal en la bolsa de mi uniforme de cuero. La superstición nunca ha sido uno de mis defectos.

Colocando el casco del hombre sobre su inerte rostro, de ojos muy abiertos, me alcé y salí de nuevo, a través de la invisible puerta, hacia la sala de entrada del gran recinto. Entonces se reavivó mi curiosidad acerca del extraño edificio, y me estrujé el cerebro especulando acerca de su material, origen y propósito. No podía creer ni por un momento que se debiera a la mano del hombre. Nuestras naves habían llegado a Venus hacia solamente setenta y dos años, y los únicos seres humanos del planeta eran los de Terra Nova. Además, el conocimiento humano no incluía ningún sólido perfectamente transparente y no refractante como el que componía aquella construcción. Podía descartarse la idea de que en la prehistoria los humanos hubieran invadido Venus, con lo que uno debía volver a la idea de que se trataba de una construcción nativa. ¿Habría precedido a los hombres4agarto una olvidada raza de seres altamente evolucionados? A pesar de sus ciudades elaboradamente edificadas, parecía difícil el aceptar que aquellos reptiloides hubieran hecho algo así. Debió de haber existido otra raza eones antes, de la que quizá esta fuera la última reliquia. ¿O acaso futuras expediciones hallarían ruinas de un origen similar? El propósito de una tal edificación era algo que se prestaba a cualquier conjetura... pero su extraño material, aparentemente nada práctico, me sugería un uso religioso.

Consciente de mi incapacidad para resolver estos problemas, decidí que lo único que haría seria explorar la construcción invisible. Estaba convencido de que varias salas y corredores se extendían por la aparentemente vacía llanura de barro; y creí que el conocimiento de su disposición podía llevar a algo significativo. Así que, tanteando mi camino a través de la puerta y pasando junto al cadáver, comencé a avanzar a lo largo del corredor hacia aquellas regiones interiores de las que presumiblemente había venido el muerto. Más tarde investigaría la estancia que acababa de abandonar. Tanteando como un ciego, a pesar de la neblinosa luz, me moví lentamente hacia delante. Pronto el corredor giró con brusquedad y comenzó a seguir una espiral hacia el centro en círculos cada vez más cerrados. De vez en cuando mi tacto revelaba un pasadizo sin puerta que intersectaba el que yo seguía, y varias veces encontré intersecciones en las que había dos, tres y cuatro caminos divergentes. En esos casos siempre seguía la ruta más interna, que parecía formar una continuación de la que yo estaba atravesando. Habría mucho tiempo para examinar los ramales cuando hubiera alcanzado las regiones internas y regresado de ellas. Apenas si puedo describir lo extraño de la experiencia... ¡Atravesando los pasadizos invisibles de un edificio que no podía ver, construido por seres desconocidos en un planeta extraño! Al fin, aún tanteando, noté que el corredor finalizaba en un espacio abierto de considerable tamaño. Palpando, averigüé que me encontraba en una cámara circular de unos tres metros de diámetro; y por la posición del cadáver y de ciertos puntos de referencia en el bosque, juzgué que aquella cámara se hallaba en el centro del edificio, o cerca de él. De ella surgían cinco corredores además de aquel por el que había llegado, pero mantuve a este último en mi memoria, tomando una alineación visual del cadáver con un árbol determinado en el horizonte, cuando me encontré en la entrada.

No había nada en esta habitación que la distinguiese; simplemente el omnipresente suelo de barro. Preguntándome si aquella parte del edificio tendría techo, repetí mi experimento, lanzando hacia arriba un puñado de barro, y en seguida averigüé que éste no existía. Si alguna vez lo había habido, debía de haberse desplomado hacía mucho, pues nunca encontré a mis pies ni restos, ni cascotes. Mientras reflexionaba, se me ocurrió que era realmente extraño que aquella estructura, aparentemente tan arcaica, estuviese tan despr6vista de bloques caídos, fisuras en las paredes, y otros atributos normales del paso del tiempo. ¿Qué era? ¿Qué había sido? ¿De qué estaba hecha? ¿ Por qué no se notaban evidencias de que las paredes, vítreas y asombrosamente homogéneas, estuviesen constituidas por bloques separados? ¿Por qué no había señales de puertas, ni interiores ni exteriores? Solo sabía que me encontraba en un edificio circular, sin techo, sin puertas, de alguna extraña, lisa, perfectamente transparente, no reflectante ni refractante sustancia, de un centenar de metros de diámetro, con muchos corredores, y una pequeña sala circular en el centro. Ninguna otra investigación directa podría enseñarme nada más. Entonces observé que el sol se estaba hundiendo en el Oeste; ya era un disco dorado que flotaba en un estanque escarlata y naranja sobre los árboles, difuminados por la niebla, del horizonte. Resultaba claro que tendría que apresurarme si es que deseaba elegir un lugar seco en el que dormir antes de que cayese la noche. Desde hacía mucho, había decidido acampar para pasar la noche en el firme borde de la meseta, cubierto de musgo, cerca de la cresta desde la que había divisado por primera vez el brillante cristal, esperando que mi habitual buena fortuna me salvase del ataque de los hombres-lagarto. Siempre he creído que deberíamos viajar en grupos de dos o más, para que alguien pueda estar de guardia mientras el otro duerme, pero el número relativamente pequeño de ataques nocturnos hace que la Compañía no se preocupe demasiado de ellos. Esos malditos escamosos parecen tener dificultades para ver de noche, a pesar de sus curiosas antorchas fosforescentes.

domingo, 18 de junio de 2017

Los Misterios del Gusano - Stephen King


LOS MISTERIOS DEL GUSANO
Stephen King

2 de octubre de 1850

Querido Bones:

Fue estupendo entrar en el frío vestíbulo de Chapelwaite, poblado de corrientes de aire, con todos los huesos doloridos a causa del viaje en ese abominable carruaje, ansioso por desahogar inmediatamente mi vejiga distendida... Y ver sobre la obscena mesita de madera de guindo vecina a la puerta una carta en la que aparecían escritas mis señas con tus inimitables garabatos. Te aseguro que me dediqué a descifrarla apenas me hube ocupado de las necesidades de mi cuerpo (en un frío y decorado cuarto de baño de la planta baja donde veía cómo el aliento se remontaba delante de mis ojos).

Me alegra la noticia de que te has recuperado de las miasmas que te habían atacado hace tanto tiempo los pulmones, aunque te aseguro que comprendo el dilema moral que te ha creado el tratamiento. ¡Un abolicionista enfermo, que se cura en el clima soleado del territorio esclavista de Florida! Pese a ello, bones, este amigo que también ha marchado por el valle de las sombras, te pide que te cuides y que no vuelvas a Massachussets hasta que el organismo te lo autorice. Tu inteligencia sutil y tu pluma incisiva no nos servirán si te reduces a arcilla, y si el Sur es el lugar ideal para tu curación, ¿no te parece que hay en ello un elemento de justicia poética?

Sí, la casa es tan bella como me habían dicho los albaceas de mi primo, pero bastante más siniestra. Se levanta sobre un colosal promontorio situado unos trece kilómetros al norte de Pórtland. Detrás de ella se extiende un parque de alrededor de hectárea y media, donde la Naturaleza ha vuelto a imponerse con increíble ferocidad: enebros, malezas, arbustos y muchas variedades de enredaderas que trepan, exuberantes, por los pintorescos muros de piedra que separan la propiedad del territorio municipal. Unas espantosas imitaciones de estatuas griegas espían ciegamente entre el follaje, desde lo alto de varias lomas, y en la mayoría de los casos parecen a punto de abalanzarse sobre el caminante. Los gustos de mi primo Stephen parecían recorrer toda la gama que va desde lo inaceptable hasta lo francamente horroroso. Hay una extraña glorieta casi sepultada en zumaques escarlatas y un grotesco reloj de sol en medio de lo que antaño debió de ser un jardín. Éste constituye el último toque lunático.

Pero el paisaje que se divisa desde la sala compensa con creces todo lo demás. Se domina un vertiginoso panorama de las rocas que se levantan al pie de chapelwaite Head, y también del Atlántico. Un inmenso ventanal combado se abre sobre este espectáculo y junto a él descansa un enorme escritorio inflado como un escuerzo. Será un buen lugar para dar comienzo a esa novela de la que te he hablado durante tanto tiempo (sin duda hasta hartarte).

Hoy tenemos un día gris, con lluvia intermitente. Cuando miro hacia fuera, todo parece un estudio en color pizarra: las rocas, viejas y desgastadas como el Tiempo mismo; el cielo; y, por supuesto, el mar, que se estrella contra las fauces graníticas de abajo con un ruido que más que ruido es como una vibración. Mientras escribo, las olas repercuten bajo mis pies. La sensación no es totalmente desagradable.

Sé que desapruebas mis hábitos de hombre solitario, querido Bones, pero te aseguro que me siento bien y dichoso. Calvin me acompaña, tan práctico, silencioso y confiable como siempre, y estoy seguro de que a mitad de semana, entre ambos habremos puesto las cosas en orden y habremos concertado un acuerdo para que nos envíen desde el pueblo todo lo que necesitamos. Además, habremos contratado una legión de criadas que se encargarán de quitar el polvo de esta casa.

Es hora de poner punto final. Todavía tengo que ver muchas cosas, tengo que explorar muchas habitaciones, y sin duda estos delicados ojos deberán posarse aún sobre un millar de muebles execrables. Nuevamente te agradezco el toque familiar que me trajo tu carta, y tu permanente afecto.

Cariños a tu esposa de quien os quiere a ambos.

Charles

6 de octubre de 1850



Querido Bones:

¡Qué lugar tan extraño es éste!

Continúa maravillándome, lo mismo que la reacción de los habitantes de la aldea vecina ante mi presencia en la casa. Dicha aldea es un lugar insólito, que ostenta el pintoresco nombre de Preacher’s Corners, o sea, esquinas de los predicadores. Fue allí donde Calvin se aseguró el envío de las provisiones semanales. También hizo otra diligencia, que consistió en comprar una cantidad de leña que creo nos bastará para todo el invierno. Pero Cal volvió con un talante lúgubre, cuando le pregunté qué le sucedía respondió hoscamente:

—¡Piensan que usted está loco, señor Boone!

Me reí y dije que quizás habían oído hablar del acceso de fiebre encefálica que había sufrido después de la muerte de mi Sarah... Claro que entonces divagaba como un demente, como tú bien puedes atestiguarlo.

Pero Cal replicó que lo único que sabían acerca de mi persona era lo que había contado mi primo Stephen, quien había utilizado los mismos servicios que yo acabo de contratar.

—Lo que dijeron, señor, es que en Chapelwaite sólo puede vivir un lunático o alguien que se arriesga a enloquecer.

Esto me dejó perplejo, como te imaginarás, y le pregunté quién le había dado esa asombrosa información. Me contestó que le habían puesto en contacto con un huraño y bastante embrutecido plantador llamado Thompson, que posee cien hectáreas pobladas de pinos, abedules y abetos, y que los corta con la ayuda de sus cinco hijos para venderlos a los aserraderos de Pórtland y a las familias de la comarca.

Cuando Cal, que desconocía su raro prejuicio, le informó a dónde debía transportar la lepa, Thompson le miró boquiabierto y dijo que enviaría a sus hijos con la madera, en pleno día, y por el camino que bordea el mar.

Calvin, que aparentemente confundió mi desconcierto con aflicción, se apresuró a aclarar que el hombre apestaba a whisky barato y que luego se había explayado en una serie de desvaríos acerca de una aldea abandonada y las relaciones de mi primo Stephen... ¡con los gusanos! Calvin cerró el trato con uno de los hijos de Thompson que, según parece, se mostró bastante insolente y tampoco estaba demasiado sobrio ni olía bien. Creo que en la misma aldea de Preacher’s Corners se produjeron algunas reacciones análogas, por ejemplo en el almacén donde Cal habló con el propietario, aunque allí el tono fue más confidencial.

Nada de esto me ha inquietado mucho. Ya sabemos que a los rústicos les encanta enriquecer sus vidas con los aires del escándalo y el mito, y supongo que el pobre Stephen y su rama de la familia fueron un blanco adecuado. Como le dije a cal, un hombre que encontró la muerte al caer prácticamente desde el porche de su casa es un excelente candidato para inspirar habladurías.

La casa no cesa de despertar mi asombro. ¡Veintitrés habitaciones, Bones! Los paneles de madera que recubren las plantas superiores y la galería de cuadros están un poco mohosos pero conservan su grosor. Mientras me hallaba en el dormitorio de mi difunto primo, arriba, oí las ratas que correteaban detrás de esos paneles, y deben de ser muy grandes, a juzgar por el ruido que hacen..., casi como si se tratara de pisadas de seres humanos. No me gustaría toparme con una de ellas en la oscuridad. Ni, a decir verdad, en plena luz. De todas formas, no he visto cuevas ni excrementos. Es curioso.

A lo largo de la galería superior se alinean unos feos retratos cuyos marcos deben de valer una fortuna. Algunos de esos rostros tienen un aire de semejanza con Stephen, tal como yo lo recuerdo. Creo haber identificado a mi tío Henry Boone y a su esposa Judith, pero los otros no despiertan en mí ninguna evocación. Supongo que uno de ellos puede ser el de mi famoso abuelo, Robert. Pero la rama de la familia de la que forma parte Stephen me resulta prácticamente desconocida, cosa que lamento de todo corazón. Estos retratos, a pesar de su escasa calidad, reflejan el mismo buen humor que chispeaba en las cartas que Stephen nos escribía a Sarah y a mí, la misma irradiación de refinada inteligencia. ¡Qué estúpidas son las razones por las cuales riñen las familias! Un escritorio desvalijado, unas injurias intercambiadas entre hermanos que han muerto tres generaciones atrás y se produce un distanciamiento injustificado entre descendientes inocentes. No puede dejar de alegrarme de que tú y John Petty consiguierais comunicaros con Stephen cuando todo parecía indicar que yo seguiría a mi Sarah al otro mundo..., al mismo tiempo que me apena que el azar nos haya privado de un encuentro personal. ¡Cómo me habría gustado oírle defender las estatuas y los muebles ancestrales!

Pero no me dejes denigrar exageradamente esta casa. Es cierto que el gusto de Stephen no coincide con el mío, mas debajo de sus agregados superpuestos hay auténticas obras maestras (algunas de ellas cubiertas por fundas en las habitaciones superiores). Hay camas, mesas, y pesadas tallas oscuras en teca y caoba, y muchos de los dormitorios y antecámaras, el estudio de arriba y una salita, tienen un austero encanto. Los pisos son de sólido pino y lucen con un resplandor íntimo y secreto. Aquí encuentro dignidad, dignidad y el peso de los años. Aún no puedo decir que me gusta, pero sí me inspira respeto. Y estoy ansioso por ver cómo el lugar se transforma a medida que pasamos por los cambios de este clima septentrional.

¡Qué prisa, Señor! Escribe pronto, Bones. Háblame de tus progresos y cuéntame qué noticias tienes de Petty y los demás. Y por favor no cometas el error de inculcar tus ideas en forma demasiado compulsiva a tus nuevas amistades sureñas... Entiendo que allí no todos se conforman con responder sólo con la boca, como lo hace nuestro locuaz amigo, el señor Clhoun.

Afectuosamente,

Charles

16 de octubre de 1850



Querido Richard:

Hola, ¿cómo estás? He pensado muchas veces en ti desde que me instalé aquí, en Chapelwaite, y no perdía la esperanza de recibir noticias tuyas... ¡pero ahora Bones me comunica por tu carta que olvidé dejar mis señas en el club! Puedes estar seguro de que de todas maneras te habría escrito, porque a veces me parece que mis auténticos y leales amigos son lo único seguro y absolutamente normal que me queda en el mundo. ¡Y, ay Dios, cómo nos hemos dispersado! Tú estás en Boston, y escribes consecuentemente en The Liberator (al que, te advierto, también le he enviado mi dirección). Hanson está en Inglaterra, en una de sus condenadas correrías, y el pobre viejo Bones está en la mismísima guarida del león curando sus pulmones.

Aquí todo marcha bien, dentro de los límites de lo previsible, y no dudes que te suministraré una reseña completa cuando no esté tan apremiado por lo que ocurre a mi alrededor. En verdad creo que algunos hechos que se han sucedido en Chapelwaite y en la comarca circundante estimularían tu sensibilidad jurídica.

Pero entretanto debo pedirte un favor, si es que puedes dedicarme un poco de tiempo. ¿Recuerdas al historiador que me presentaste en la cena que organizó Clary para recaudar fondos para la causa? Creo que se llama Bigelow. Sea como fuere, comentó que su hobby consistía en reunir leyendas históricas sobre la región donde estoy viviendo. El favor que te pido, pues, es el siguiente: ¿Puedes ponerte en contacto con él y preguntarle qué datos, testimonios folklóricos o rumores generales ha recogido, si es que ha recogido alguno, acerca de una pequeña aldea abandonada cuyo nombre es JERUSALEM’S LOT, próxima al pueblo denominado Preacher’s Corners, sobre el Royal River? Este río es tributario del Androscoggin, y vierte sus aguas en él aproximadamente dieciocho kilómetros antes de su desembocadura en las cercanías de Chapelwaite. Me complacería mucho recibir esta información que, sobre todo, podría tener bastante importancia.

Al releer esta carta siento que he sido un poco parco contigo, Dick, y lo lamento sinceramente. Pero puedes estar seguro de que pronto seré más explícito, y hasta que llegue ese momento os envío mis saludos más cordiales a tu esposa, a tus dos maravillosos hijos y, por supuesto, a ti.

Afectuosamente,

Charles

16 de octubre de 1850



Querido Bones:

Debo contarte una historia que nos parece un poco extraña (e incluso inquietante) a Cal y a mí... Veremos qué opinas tú. ¡En el peor de los casos, te servirá para distraerte mientras lidias con los mosquitos!

Dos días después de que te hube enviado mi última carta, llegó aquí un grupo de cuatro jovencitas de Corners, supervisadas por una dama madura, de aspecto intimidatoriamente idóneo: la señora Cloris. Venían a poner la casa en orden y a eliminar el polvo que me hacía estornudar constantemente. Todas parecían un poco nerviosas mientras realizaban sus faenas. Incluso, una damisela arisca lanzó un gritito cuando entré en la salita de arriba mientras ella limpiaba.

Le pedí una explicación a la señora Cloris (que quitaba el polvo del vestíbulo con una implacable tenacidad que te habría asombrado, con el cabello protegido por un pañuelo desteñido) y ella se volvió hacia mí con aire resuelto.

—No les gusta la casa, señor, y a mí tampoco, porque siempre ha sido un lugar siniestro.

Cuando oí tan inesperado aserto se me desencajó la mandíbula, y la mujer prosiguió con un tono más amable:

—No quiero decir que Stephen Boone no fuese una excelente persona, porque lo era. Mientras vivió aquí le limpiaba la casa todos los jueves, así como antes había estado al servicio de su padre, el señor Randolph Boone, hasta que él y su esposa fallecieron en 1816. El señor Stephen era un hombre bueno y afable, como parece serlo usted, señor (y le ruego que disculpe mi tono tan directo, pero no sé hablar de otro modo), mas la casa es siniestra y siempre lo ha sido, y ningún Boone ha sido dichoso en ella desde que su abuelo Robert y el hermano de éste, Philip, riñeron en 1789 [al decir esto hizo una pausa casi culpable] por un robo.

¡Qué memoria tiene la gente, Bones!

La señora Cloris continuó:

—La casa fue construida en una atmósfera de desdicha, ha sido habitada en una atmósfera de desdicha [no sé si sabes o no, Bones, que mi tío Randolph estuvo implicado en un accidente, en la escalera del sótano, que le costó la vida a su hija Marcella, y después él se suicidó en un acceso de remordimiento. Stephen me contó el episodio en una de sus cartas, en la triste circunstancia del cumpleaños de su difunta hermana], y en ella se han producido desapariciones y accidente.

He trabajado aquí, señor Boone, y no soy ciega ni sorda. He oído ruidos espantosos en las paredes, señor, ruidos espantosos: golpes y crujidos y una vez un extraño aullido que era mitad risa. Aquello me congeló la sangre. Éste es un lugar sórdido, señor.

Al decir esto calló, quizá tenía miedo de haberse excedido.

En cuanto a mí, no sabía si sentirme ofendido o divertido, curioso o sencillamente indiferente. Temo que la socarronería se impuso sobre mis otros sentimientos.

—¿Y qué sospecha, señora Cloris? ¿Que los fantasmas hacen rechinar las cadenas?

Pero ella se limitó a dirigirme una mirada enigmática.

—Es posible que haya fantasmas. Pero no en las paredes. No son fantasmas los que aúllan y sollozan como condenados y chocan y tropiezan en la oscuridad. Son...

—Vamos, señora Cloris –la azucé—. Si ha llegado hasta este punto, ¿por qué no completa lo que empezó?

En su rostro asomó la expresión más rara de terror, resentimiento y, lo juraría, respeto religioso.

—Algunos no mueren –susurró—. Algunos viven en las sombras crepusculares, entre los dos mundos, para servirlo... ¡a Él!

Y eso fue todo. Seguí acosándola con mis preguntas durante unos minutos, pero ella se empecinó aún más y se resistió a agregar una palabra. Por fin desistí, temiendo que recogiera sus trastos y abandonara la casa.

Éste fue el fin de un incidente, pero a la noche siguiente se suscitó otro. Calvin había encendido la chimenea, en la planta baja, y yo estaba sentado en la sala, aletargado sobre un ejemplar de The Intelligencer y oyendo el ruido que producían las trombas de lluvia al azotar el amplio ventanal. Me sentía tan a gusto como sólo puedes sentirte en una noche como ésa, cuando fuera reina la inclemencia y dentro todo es tibieza y comodidad. Pero Cal apareció un momento después en la puerta, excitado y un poco nervioso.

—¿Está despierto, señor? –preguntó.

—Apenas –respondí—. ¿Qué sucede?

—Arriba he descubierto algo que creo que usted debería ver –explicó, con el mismo aire de excitación reprimida.

Me puse en pie y le seguí. Mientras subíamos por la ancha escalera, Calvin dijo:

—Estaba leyendo un libro en el estudio de arriba, un lugar bastante extravagante, cuando oí un ruido en la pared.

—Ratas –comenté—. ¿Eso es todo?

Se detuvo en el rellano y me miró solemnemente. La lámpara que tenía en la mano proyectaba sombras estrafalarias y acechantes sobre las cortinas oscuras y sobre fragmentos de retratos que ahora parecían hacer muecas en lugar de sonreír. Fuera, el viento aumentó de intensidad hasta trocarse en un breve alarido y después amainó renuentemente.

—No son ratas –dictamió Cal—. De detrás de los anaqueles brotaba una especie de ruido torpe y sordo, seguido por un gorgoteo. Horrible, señor. Y algo arañaba la pared, como si tratara de salir..., ¡de echarse sobre mí!

Te imaginarás mi sorpresa. Bones. Calvin no es propenso a las fantasías histéricas. Empecé a pensar que aquí hay un misterio, al fin y al cabo..., y quizás un misterio realmente pasmoso.

—¿Qué ocurrió, después? –le pregunté.

Habíamos reanudado la marcha por el pasillo, y vi que la luz del estudio se derramaba sobre el piso de la galería. Lo miré con cierto sobresalto: la noche ya no me parecía tan confortable.

—Los arañazos cesaron. Al cabo de un momento se repitieron los ruidos sordos, deslizantes, esta vez alejándose de mí. Hicieron un alto, ¡y juro que escuché una risa extraña, casi inaudible! Me acerqué a la biblioteca y empecé a tirar, pensando que quizás había un tabique, o una puerta secreta.

—¿Encontraste alguna?

Cal se detuvo en el umbral del estudio.

—No... ¡Pero hallé esto!

Entramos y vi un agujero negro y cuadrangular en el anaquel de la izquierda. Allí los libros no eran tales sino imitaciones, y lo que Cal había descubierto era un pequeño escondite. Alumbré su interior con la lámpara y no vi más que una espesa capa de polvo, que debía de haberse acumulado durante década.

—Sólo contenía esto –dijo Cal parsimoniosamente, y me entregó un folio amarillento.

Era un mapa, dibujado con trazos aracnoideos de tinta negra, el mapa de un pueblo o una aldea. Había quizá siete edificios, y uno, nítidamente marcado con un campanario, ostentaba esta leyenda al pie: El Gusano Que Corrompe.



En el ángulo superior izquierdo, una flecha señalaba hacia lo que debería haber sido el noroeste de la aldehuela. Debajo de ella estaba escrito: Chapelwaite.



—En el pueblo, señor –dijo Calvin—, alguien mencionó con aire bastante supersticioso una aldea abandonada que se llama Jerusalem’s Lot. Es un lugar que todo el mundo elude.

—¿Y esto? –pregunté, mostrando la extraña leyenda que figuraba al pie del campanario.

—Lo ignoro.

Por mi mente cruzó el recuerdo de la señora Cloris, inflexible pero asustada.

—El Gusano... –murmuré.

—¿Sabe algo, señor Boone?

—Quizá... Sería divertido salir mañana hacia esta aldea, ¿no te parece, Cal?

Hizo un ademán afirmativo, con los ojos brillantes. Después pasamos casi una hora buscando una abertura en la pared, detrás del compartimiento que había descubierto Cal, pero fue en vano. Tampoco se repitieron los ruidos de los que había hablado Cal.

Esa noche nos acostamos sin más incidentes.

A la mañana siguiente Calvin y yo iniciamos nuestra expedición por el bosque. La lluvia de la noche había cesado, pero el cielo estaba oscuro y encapotado. Vi que Cal me miraba dubitativamente, y me apresuré a asegurarle que si me cansaba, o si la caminata se prolongaba demasiado, no vacilaría en desistir. Llevábamos con nosotros los víveres adecuados para un picnic, una excelente brújula <<Buckwhite>> y, por supuesto, el singular y antiguo mapa de Jerúsalem’s Lot.

Era un día raro y melancólico. Mientras avanzábamos hacia el Sur y el Este por el espeso y tenebroso bosque de pinos no oímos el gorjeo de ningún pájaro ni observamos el movimiento de ningún animal. El único ruido era el de nuestras pisadas y el rítmico romper de las olas contra los acantilados. El olor del mar, de una intensidad casi sobrenatural, nos acompañó constantemente.

No habíamos recorrido más de tres kilómetros cuando encontramos un camino cubierto de vegetación, de esos que según creo reciben la denominación de <<estriberones>>. Seguía más o menos el mismo rumbo que nosotros y nos internamos por él, acelerando el paso. Hablábamos poco. La jornada, estática y ominosa, pesaba sobre nuestro espíritu.

Aproximadamente a las once oímos el ruido de un torrente. Los vestigios del camino torcieron de repente hacia la izquierda, y del otro lado del arroyuelo turbulento, gris, surgió, como una aparición, Jerusalem’s Lot.

El arroyo tenía quizá dos metros y medio de ancho y era atravesado por un puente para peatones cubierto de musgo. Del otro lado, Bones, se levantaba la aldehuela más perfecta que puedas imaginar, lógicamente deslucida por la intemperie, pero asombrosamente conservada. Varias casas, construidas en el estilo austero pero imponente por el que los puritanos conquistaron justa fama, se apiñaban junto al escarpado barranco. Más allá, flanqueando una calle poblada de malezas, se levantaban tres o cuatro edificios que quizá correspondían a las primitivas tiendas, y más lejos aún, se alzaba hacia el cielo gris el campanario marcado en el mapa, indescriptiblemente tétrico con su pintura descascarada y su cruz herrumbrada, ladeada.

—Jerusalem’s Lot. El destino de Jerusalén –comentó Cal en voz baja—. Han elegido bien el nombre.

Nos encaminamos hacia la aldea y empezamos a explorarla... ¡Y aquí es donde mi relato se torna un poco extravagante, Bones, de modo que prepárate!

Cuando marchamos entre los edificios la atmósfera nos pareció pesada. O cargada, si te parece mejor. Las construcciones estaban decrépitas, con los postigos desquiciados y los techos vencidos bajo el peso de las copiosas nevadas que habían tenido que soportar. Las ventanas polvorientas remedaban muecas maliciosas. Las sombras de las esquinas irregulares y los ángulos combados parecían agazaparse en charcas siniestras.

Primeramente visitamos una antigua taberna descalabrada, porque por algún motivo no nos pareció correcto invadir una de las casas donde la gente se había refugiado en busca de intimidad. Un viejo cartel emborronado por los elementos y atravesado sobre la puerta astillada, anunciaba que ésa había sido la BOAR’S HEAD INN AND TAVERN. La puerta chirrió con gran estridencia sobre la única bisagra que le quedaba, y entramos en el recinto sombrío. El olor de descomposición y moho estaba volatilizado y era casi insoportable. Y debajo de él parecía flotar otro aún más concentrado, un hedor viscoso y pestilente, una fetidez que era producto de los siglos y de su corrupción. Era un tufo semejante al que podría desprenderse de ataúdes putrefactos o tumbas profanadas. Me llevé el pañuelo a la nariz y Cal hizo otro tanto. Inspeccionamos el local.

—Válgame Dios, señor... –musitó Cal.

—No ha sido tocado jamás –dije, completando su frase.

Y en verdad no lo había sido. Las mesas y las sillas estaban apostadas como centinelas espectrales, polvorientas, combadas por los cambios de temperatura que han hecho célebre el clima de Nueva Inglaterra, pero por lo demás en perfectas condiciones..., como si hubieran esperado durante décadas silenciosas y reiteradas que quienes se habían ido hacía mucho tiempo volvieran a entrar, pidiendo a gritos una jarra de cerveza o un vaso de aguardiente, para luego tomar los naipes y encender una pipa de arcilla. Junto al reglamento de la taberna había un espejito, intacto. ¿Entiendes lo que quiero decir, Bones? Los niños son famosos por sus exploraciones y sus actos de vandalismo. No hay una sola casa <<embrujada>> que tenga las ventanas intactas, aunque corra el rumor de que está ocupada por seres macabros y feroces. No hay un solo cementerio tenebroso donde los jóvenes bromistas no hayan derribado por lo menos una lápida. Ciertamente debía de haber una veintena de gamberros de Preacher’s Corners, que estaba a menos de tres kilómetros de Jerusalem’s Lot. Y sin embargo el espejo del tabernero (que debía de haber costado bastante) seguía intacto..., lo mismo que otros elementos frágiles que exhumamos durante nuestros huroneos. Los únicos deterioros que se observaban en Jerusalem’s Lot habían sido causados por la Naturaleza impersonal. La connotación era obvia; Jerusalem’s Lot ahuyentaba a la gente. ¿Pero por qué? Tengo una hipótesis, pero antes de atreverme siquiera a insinuarla, debo llegar a la inquietante conclusión de nuestra visita.

Subimos a los aposentos y encontramos las camas tendidas, con las jofainas de peltre pulcramente depositadas junto a ellas. La cocina también estaba indemne, únicamente alterada por el polvo de los años y por ese horrible y ubicuo hedor de putrefacción. La taberna habría sido un paraíso para cualquier anticuario: el artefacto fabulosamente estrafalario de la cocina habría alcanzado, por sí solo, un precio exorbitante en una subasta de Boston.

—¿Qué opinas, Cal? –pregunté, cuando volvimos a salir a la incierta luz del día.

—Creo que éste es un mal asunto, señor Boone –respondió con su tono melancólico—, y pienso que tendremos que ver más para saber más.

Prestamos poca atención a los otros locales: había una fonda con mohosos artículos de cuero colgados de ganchos herrumbrados, una mercería, un almacén donde todavía se apilaban las tablas de roble y pino, una herrería.

Mientras nos dirigíamos hacia la iglesia situada en el centro de la aldea, entramos en dos casas. Ambas, de perfecto estilo puritano, estaban llenas de objetos por los que un coleccionista hubiera dado su brazo, y además ambas estaban abandonadas e impregnadas de la misma pestilencia putrefacta.

Allí nada parecía vivir o moverse, excepto nosotros dos. No vimos insectos ni pájaros. Ni siquiera una telaraña tejida en el ángulo de una ventana. Sólo polvo.

Por fin llegamos a la iglesia. Se alzaba sobre nosotros, hosca, hostil, fría. Sus ventanales estaban ennegrecidos por las sombras interiores, y hacía mucho tiempo que habían perdido todo vestigio de divinidad o santidad. De ello estoy seguro. Subimos por la escalinata y apoyé la mano sobre el gran tirador de hierro. Calvin y yo intercambiamos una mirada decidida, lúgubre. Abrí la puerta. ¿Cuánto tiempo hacía que no la tocaban? Me atrevería a afirmar que yo era el primero que lo hacía en cincuenta años, o quizá más. Los goznes endurecidos por la herrumbre chirriaron cuando la abrí. El olor de podredumbre y descomposición que nos ahogó era casi palpable. Cal cuto arcadas y volvió involuntariamente la cabeza para respirar aire fresco.

—Señor –dijo—, ¿está seguro de que...?

—Me siento bien –respondí con tono tranquilo.

Pero mi serenidad era fingida, Bones. No estaba tranquilo, como no lo estoy ahora. Creo, igual que Moisés, que Joroboam, que Increase Mather, y que nuestro propio Hanson (cuando está de humor filosófico) que hay lugares espiritualmente aviesos, edificios donde la leche del cosmos se ha puesto agria y rancia. Esta iglesia es uno de esos lugares. Podría jurarlo.

Entramos en un largo vestíbulo equipado con un perchero polvoriento y con anaqueles llenos de libros de oraciones. No había ventanas. De trecho en trecho había lámparas de aceite empotradas en nichos. Un recinto vulgar, pensé, hasta que oí la exclamación ahogada de Calvin y vi lo que él había visto.

Era una obscenidad.

Me resisto a describir ese cuadro primorosamente enmarcado, y sólo diré que estaba pintado en el estilo opulento de Rubens, que se trataba de una grotesca parodia de la Madona y el niño, y que unas criaturas extrañas, parcialmente envueltas en sombras, retozaban y se arrastraban por el fondo.

—Dios mío –susurré.

—Aquí no está Dios –contestó Calvin, y sus palabras parecieron quedar flotando en el aire.

Abrí la puerta que conducía a la iglesia propiamente dicha, y el olor se convirtió en una miasma casi asfixiante.

Bajo la media luz reverberante de la tarde, los bancos se extendían, fantasmales, hasta el altar. Sobre ellos se elevaba un alto púlpito de roble y un retablo penumbroso en el que refulgía el oro.

Calvin, ese devoto protestante, se persignó con un débil sollozo, y yo le imité. Porque el elemento de oro era una gran cruz, bellamente..., pero que colgaba invertida, simbolizando la Misa de Satán.

—Debemos sonservar la calma –me oí decir—. Debemos conservar la calma, Calvin. Debemos conservar la calma.

Sin embargo, una sobra había aleteado sobre mi corazón, y estaba más asustado que nunca lo había estado antes en mi vida. He marchado bajo el palio de la muerte y pensaba que no había ningún otro más negro. Pero lo hay. Sí que lo hay.

Avanzamos por la nave, oyendo el eco de las pisadas sobre nuestras cabezas y alrededor de nosotros. Las huellas de nuestro calzado quedaban marcadas sobre el polvo. Y en el altar encontramos otros tenebrosos objects d’art. Pero no quiero volver a pensar en ellos.

Empecé a subir al púlpito

—¡No, señor Boone! –exclamó súbitamente Cal—. Tengo miedo...

Mas ya había llegado. Un libro inmenso descansaba abierto sobre el atril. Estaba escrito en latín y en un jeroglífico rúnico que mi ojo inexperto catalogó como druídico o precéltico. Te adjunto una tarjeta con varios de estos símbolos, dibujados de memoria.

Cerré el libro y leí las palabras estampadas sobre el cuero: De Vermis Mysteriis. Mis conocimientos de latín casi se han desvanecido pero me bastan para traducir: Los misterios del gusano.



Cuando toqué el volumen, la iglesia maldita y las facciones de Calvin, blancas y levantadas hacia mí, parecieron fluctuar ante mis ojos. Tuve la impresión de oír voces apagadas, que entonaban un cántico impregnado de miedo y al mismo tiempo abyecto y ansioso... Y debajo de este sonido otro, que llenaba las entrañas de la Tierra. Una alucinación, sin duda..., pero en ese mismo momento la iglesia se pobló con un ruido muy concreto, que sólo puedo describir como una colosal y macabra convulsión bajo mis pies. El púlpito tembló bajo mis dedos; la cruz profanada se estremeció en la pared.

Cal y yo salimos juntos, dejando la iglesia librada a su propia oscuridad, y ninguno de los dos se atrevió a mirar atrás después de haber cruzado los toscos maderos que unían las dos márgenes del arroyo. No diré que echamos a correr, mancillando los mil novecientos años que el hombre ha pasado tratando de superar su condición de salvaje intimidado y supersticioso, pero mentiría si dijera que caminábamos plácidamente.

Ésta es mi historia. No ensombrezcas tu recuperación pensando que ha vuelto a atacarme la fiebre. Cal ha sido testigo de todo lo que narro en estas páginas, incluyendo el pavoroso ruido.



Pongo fin a esta carta, agregando sólo que anhelo verte (seguro de que si te viera gran parte de mi perplejidad se disiparía inmediatamente) y que sigo siendo tu amigo y admirador,

Charles

17 de octubre de 1850



De mi mayor consideración:

En la última edición de vuestro catálogo de artículos para el hogar (o sea, el que corresponde al verano de 1850), figura una sustancia llamada Veneno para Ratas. Deseo comprar una lata de un kilogramo de este producto al precio estipulado de treinta céntimos. Adjunto franqueo de retorno. Enviar a: Calvin McCann, Chapelwaite, Preacher’s Corners, Cumberland County, Maine.

Agradezco vuestra atención, y os saludo muy atentamente,

Calvin McCann

19 de octubre de 1850





Querido Bones:

Novedades inquietantes.

Los ruidos de la casa de han intensificado, y estoy cada vez más convencido de que las ratas no son las únicas que se mueven dentro de nuestras paredes. Calvin y yo practicamos otra búsqueda infructuosa de recovecos o pasadizos ocultos. No encontramos ninguno. ¡qué mal encajaríamos en una de las novelas de la señora Radcliffe! Cal alega, sin embargo, que buena parte de los ruidos proceden del sótano, y esa parte de la casa es la que pensamos explorar mañana. No me tranquiliza el saber que allí es donde encontró su trágico final la hermana del primo Stephen.

Entre paréntesis, su retrato cuelga de la galería de arriba. Marcella Boone era una joven de triste belleza, si el artista supo captar sus rasgos con fidelidad, y sé que nunca se casó. A veces pienso que la señora Cloris tenía razón, que ésta es una casa siniestra. Ciertamente, no ha traído más que desventuras a sus anteriores ocupantes.

Pero debo agregar algo más acerca de la formidable señora Cloris, porque hoy estuve hablando otra vez con ella. Puesto que la considero la persona más sensata de Corners de cuantas he conocido hasta ahora, la busqué esta tarde, después de una desagradable entrevista que describiré a continuación.

Esta mañana deberían haber traído la leña, y cuando llegó y pasó el mediodía sin que apareciese la madera, resolví encaminarme hacia el pueblo en mi paseo cotidiano. Mi propósito era visitar a Thompson, el hombre con quien Cal había cerrado el trato.

Éste ha sido un hermoso día, impregnado por la incisiva frescura del otoño radiante, y cuando llegué a la propiedad de los Thompson (Cal, que se quedó en casa para seguir hurgando en la biblioteca del primo Stephen, me había descrito el itinerario preciso) me sentía de mejor humor que en todos los días pasados, y estaba predispuesto para disculpar la tardanza del proveedor.

Me encontré ante una multitud de malezas enmarañadas y construcciones destartaladas que necesitaban una mano de pintura. A la izquierda del establo, una puerca descomunal, lista para la matanza de noviembre, gruñía y se revolcaba en una pocilga lodosa, y en el patio lleno de basura que separaba la casa de las dependencias anexas, una mujer que usaba un astroso vestido de algodón alimentaba a las gallinas con el maíz acumulado en el hueco de su delantal. Cuando la saludé, volvió hacia mí un rostro pálido y desvaído.

Fue asombroso ver cómo su expresión absolutamente estólida se transformaba en otra de frenético terror. Sólo se me ocurre pensar que me confundió con Stephen, porque hizo el ademán típico para ahuyentar el mal de ojo y lanzó un alarido. Los granos de maíz se desparramaron a sus pies y las gallinas se alejaron aleteando y cacareando.

Antes de que yo pudiera articular una palabra, un hombre gigantesco y encorvado, cuya única vestimenta eran unos calzoncillos largos, salió tambaleándose de la casa con un rifle para cazar ardillas en una mano y un porrón en la otra. Al ver sus ojos inyectados en sangre y su porte inseguro, llegué a la conclusión de que era el leñador Thompson en persona.

—¡Un Boone! –bramó—. ¡Maldito sea! –Dejó caer el porrón y él también hizo la señal.

—He venido –dije, con la mayor ecuanimidad posible, dadas las circunstancias—, porque no recibí la madera. Según lo convenido con mi acompañante...

—¡Maldito sea también su acompañante, es lo que digo! –Y por primera vez me di cuanta de que pese a su actitud fanfarrona tenía un miedo atroz. Empecé a preguntarme seriamente si su ofuscación no lo induciría a dispararme con el rigle.

—Como testimonio de cortesía... –empecé a decir cautelosamente.

—¡Maldita sea su cortesía!

—Muy bien, pues –manifesté, con la mayor dignidad posible—. Me despido hasta que recupere el control de sus actos.

Di media vuelta y eché a caminar hacia la aldea.

—¡No vuelva! –chilló a mis espaldas—. ¡Quédese allí con su maldición! ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!

Me arrojó una piedra que me golpeó en el hombro, porque no quise darle la satisfacción de agacharme.

De modo que fui en busca de la señora Cloris, resuelto a elucidar por lo menos el misterio de la hostilidad de Thompson. Es viuda (y olvida tus condenados instintos de casamentero, Boones; me lleva quince años y yo no volveré a ver los cuarenta) y vive sola en una encantadora casita a orillas del mar. La encontré tendiendo su colada, y pareció sinceramente complacida al verme. Esto me produjo un gran alivio: es muy irritante que te traten como un paria sin ninguna justificación.

—Señor Boone –dijo, con una mínima reverencia—, si ha venido a pedirme que le lave la ropa, debo comunicarle que no hago ese trabajo después de setiembre. El reumatismo me hace sufrir tanto que a duras penas puedo lavar la mía.

—Ojalá fuera ése el motivo de mi visita. He venido a pedirle ayuda, señora Cloris. Quiero que me cuente todo lo que sabe acerca de Chapelwaite y Jerusalem’s Lot y que me explique por qué la gente del lugar me mira con tanta desconfianza y miedo.

—¡Jerusalem’s Lot! De modo que también sabe eso.



—Sí –contesté—. Visité el pueblo con mi acompañante hace una semana.

—¡Válgame Dios! –Se puso pálida como la leche, y trastabilló. Extendí la mano para sostenerla. Sus ojos giraron espantosamente en las órbitas y por un momento me sentí seguro de que se iba a desmayar.

—Señora Cloris, discúlpeme si he dicho algo que...

—Entre –me interrumpió—. Tiene que saberlo. ¡Jesús, han vuelto los malos tiempos!

No quiso pronunciar una palabra más hasta que terminó de preparar un té cargado en su cocina luminosa. Cuando la taza estuvo frente a mí, se quedó mirando el océano un rato, con expresión pensativa. Inevitablemente sus ojos y los míos se dirigieron hacia el promontorio de Chapelwaite Head, donde la casa se alza sobre el mar. El amplio ventanal refulgía como un diamante al reflejar los rayos del sol poniente. El espectáculo era hermoso pero producía una enigmática inquietud. Se volvió de pronto hacia mí y exclamó vehementemente:

—¡Debe irse en seguida de Chapelwaite, señor Boone!

Quedé perplejo.

—Desde que se instaló allí flota un hálito siniestro en el aire. Durante la última semana, a partir del momento en que pisó aquel lugar maldito, se han sucedido los presagios y portentos. Un velo sobre la faz de la luna; bandadas de chotacabras que anidan en los cementerios; un parto anómalo. ¡Debe irse!

Cuando recuperé el uso de la palabra, hablé con la mayor afabilidad posible:

—Señora Cloris, todo esto son fantasías. Usted debe saberlo.

—¿Es una fantasía que Bárbar Brown haya dado a luz un niño sin ojos? ¿O que Clifton Brocken haya encontrado un huella lisa, aplastada, de un metro y medio de ancho, más allá de Chapelwaite, donde todo se había marchitado y blanqueado? Y usted, dice que ha visitado Jesusalem’s Lot, ¿puede afirmar sinceramente que no hay algo que sigue viviendo allí?

No atiné a contestar. Lo que había visto en esa iglesia inicua reapareció ante mis ojos.

La mujer juntó sus manos nudosas, en un esfuerzo por calmarse.

—Sólo me he enterado de estas cosas porque se las oí contar a mi madre, y, antes, a la madre de ella. ¿Usted conoce la historia de su familia en lo que concierne a Chapelwaite?

—Vagamente –respondí—. La casa ha sido la morada del linaje de Philip Boone sesde la décaa de 1780. su hermano Robert, mi abuelo, se instaló en Massachussets después de una reyerta por papeles robados. Sé poco acerca del linaje de Philip, excepto que lo cubrió una sombra infausta, transmitida de generación en generación: Marcella murió en un accidente trágico y Stephen se mató en una caída. Stephen quiso que Chapelwaite se convirtiera en mi hogar, y en el de los míos, y que así se enmendara la división de la familia.

—Nunca se enmendará –musitó ella—. ¿Sabe algo acerca del altercado originario?

—A Robert Boone le sorprendieron en el momento en que registraba el escritorio de su hermano.

—Philip Boone estaba loco –afirmó la señora Cloris—. Se dedicaba a un tráfico impío. Robert Boone intentó despojarle de una Biblia profana escrita en lenguas antiguas: latín, druídico, y otras. Un libro infernal.

—De Vermis Mysteriis.



Respingó como si la hubieran golpeado.

—¿Lo conoce?

—Lo he visto... lo he tocado. –Nuevamente me pareció que estaba a punto de desmayarse. Se llevó una mano a la boca como si quisiera ahogar un grito—. Sí, en Jerusalem’s Lot. Sobre el púlpito de una iglesia corrompida y profanada.

—De modo que está aún allí, aún allí. –Se meció en su silla—. Confiaba en que Dios, con Su sabiduría, lo habría arrojado al foso del infierno.

—¿Qué relación tuvo Philip Boone con Jerusalem’s Lot?

—Una relación de sangre –dijo la señora Cloris con tono lúgubre—. Llevaba la Marca de la Bestia, aunque lucía las vestiduras del Cordero. Y el 31 de octubre de 1789, Philip Boone desapareció..., junto con toda la población de esa condenada aldea.

No agregó mucho más. En verdad, no parecía saber mucho más. Sólo atinó a reiterar sus súplicas de que me fuera, argumentando algo sobre <<la sangre que llama a la sangre>> y murmurando acerca de <<los que vigilan y los que montan guardia>>. A medida que se acercaba el crepúsculo pareció más agitada, y no menos, para aplacarla le prometí que prestaría atención a sus deseos.

Marché de regreso a la casa entre sombras cada vez más largas y tétricas. Mi buen humor se había disipado por completo y la cabeza me daba vueltas, poblada de dudas que aún me atormentan. Cal me recibió con la noticia de que los ruidos de las paredes se habían intensificado..., como yo mismo puedo atestiguarlo en este momento. Procuro convencerme de que solo oigo ratas, pero enseguida veo el rostro aterrorizado y grave de la señora Cloris.

La luna se ha levantado sobre el mar, tumefacta, redonda, roja como la sangre, y salpica el océano con un reflejo repulsivo. Mi pensamiento vuelve hacia aquella iglesia y

(aquí hay un renglón tachado)


Pero tú no verás eso, Bones. Es demasiado demencial. Creo que es hora de que me vaya a dormir. No me olvido de ti.

Saludos,

Charles



(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin MacCann.)

20 de octubre de 1850

Esta mañana me tomé la libertad de forzar la cerradura que impide abrir el libro. Lo hice antes de que el señor Boone se levantara. Es inútil. Está todo él escrito en clave. Una clave sencilla, me parece. Quizá me resultará tan fácil descifrarla como forzar la cerradura. Estoy seguro de que se trata de un Diario. La escritura tiene un asombroso parecido con la del señor Boone. ¿A quién puede pertenecer este volumen, arrumbado en el rincón más oscuro de la biblioteca y con sus páginas herméticamente cerradas? Parece antiguo, ¿pero quién podría afirmarlo con certeza? El papel ha estado bastante bien protegido de la influencia corruptora del aire. Más tarde me ocuparé de él, si tengo tiempo. El señor Boone está empeñado en explorar el sótano. Temo que estos fenómenos macabros sean nefastos para su salud aún inestable. Debo tratar de persuadirle...

Pero aquí viene...

20 de octubre de 1850

Bones:

Todavía (sic) no puedo escribirte yo, yo, yo


(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

20 de octubre de 1850

Tal como temía su salud se ha quebrantado...

¡Dios mío, Padre Nuestro que estás en el Cielo!

No soporto ese recuerdo. Sin embargo está implantado, grabado en mi cerebro como un ferrotipo. ¡El horror del sótano!

Ahora estoy solo. Son las ocho y media. La casa está silenciosa pero...

Lo encontré desvanecido sobre su escritorio. Aún duerme. Sin embargo, durante esos breves momentos, ¡con cuanta gallardía se comportó mientras yo estaba paralizado y descalabrado!

Su piel está cérea, fría. Gracias a Dios no ha vuelto a tener fiebre. No me atrevo a moverlo ni a dejarlo ir a la aldea. Y si fuera yo, ¿quién volvería conmigo para ayudarle? ¿Quién vendría a esta casa maldita?

¡Oh, el sótano! ¡Los monstruos del sótano que han invadido nuestras paredes!

22 de octubre de 1850



Querido Bones:

Me he recuperado, aunque todavía estoy débil, después de pasar treinta y seis horas sin conocimiento. Me he recuperado... ¡Qué broma tan amarga y macabra! Nunca volveré a recuperarme. Jamás. Me he enfrentado con una locura y un horror indescriptibles. Y el fin aún no está a la vista.

Si fuera por Cal, creo que terminaría con mi vida ahora mismo. Cal es una isla de cordura en este mar de demencia.

Lo sabrás todo.

Nos habíamos equipado con velas para la exploración del sótano, y sus llamas proyectaban un fuerte resplandor que era harto suficiente..., ¡diabólicamente suficiente! Calvin intentó disuadirme con el argumento de mi reciente enfermedad, y dijo que lo más que encontraríamos, probablemente, serían unas grandes ratas a las que luego habría que envenenar.

Sin embargo, me empeciné. Calvin lanzó un suspiro y dijo:

—Hágase entonces su voluntad, señor Boone.

Al sótano se entra por un escotillón implantado en el piso de la cocina (que Cal jura haber tapiado sólidamente) que sólo conseguimos levantar después de muchos forcejeos y tirones.

De la oscuridad brotó un olor fétido, asfixiante, no muy distinto del que saturaba la aldea abandonada allende el Royal River. La vela que yo sostenía arrojaba su fulgor sobre una escalera empinada que conducía a las tinieblas. La escalera estaba en pésimas condiciones de conservación –faltaba incluso un escalón íntegro, sustituido por un boquete negro— y en seguida comprendí cómo la desventurada Marcella había encontrado allí la muerte.

—¡Tenga cuidado, señor Boone! –exclamó Cal.

Le contesté que eso era lo que más tendría, y bajamos.

El piso era de tierra, y las paredes de sólido granito apenas estaban húmedas. Eso no parecía en absoluto un refugio de ratas, porque no se veía ninguno de los materiales que éstas utilizan para construir sus nidos, tales como cajas viejas, muebles abandonados, pilas de papel y cosas por el estilo. Levantamos las velas, ganando así un pequeño círculo de luz, pero pese a ello nuestro radio visual seguía siendo muy reducido. El piso tenía un declive gradual que parecía pasar debajo de la sala y el comedor principal, o sea que se extendía hacia el Oeste. Ése fue el rumbo que tomamos. Todo estaba sumido en un silencio absoluto. La pestilencia del aire era cada vez más intensa y la oscuridad circundante parecía comprimirse como una envoltura de lana, como si estuviera celosa de la luz que la desbancaba momentáneamente después de tantos años de hegemonía indiscutida.

En el extremo final, los muros de granito eran remplazados por una madera pulida que parecía totalmente negra y desprovista de propiedades reflectoras. Allí terminaba el sótano, aislando lo que parecía ser un compartimiento separado del recinto principal. Estaba sesgado de manera tal que era imposible inspeccionarlo sin contornear el recodo.

Eso fue lo que hicimos Calvin y yo.

Fue como si un corroído espectro del pasado siniestro de la mansión se hubiera alzado delante de nosotros. En ese compartimiento había una silla solitaria y, sobre ésta, sujeto a una de las gruesas vigas del techo, colgaba un podrido lazo de cáñamo.

—Entonces fue aquí donde se ahorcó –murmuró Cal—. ¡Dios mío!

—Sí..., con el cadáver de su hija postrado al pie de la escalera, detrás de él.

Cal empezó a hablar. Pero sus ojos se desviaron hacia un punto situado a mis espaldas. Entonces sus palabras se trocaron en un alarido.

¿Cómo narrar, Bones, el cuadro que contemplaron nuestros ojos? ¿Cómo describir a los abominables inquilinos que tenemos entre nuestras paredes?

El muro más lejano giró sobre sí mismo, y desde aquellas tinieblas nos sonrió un rostro..., un rostro de ojos tan negros como el mismo Estigia. En su boca desmesuradamente abierta se formó una mueca desdentada, atormentada. Una mano amarilla, descompuesta, se estiró hacia nosotros. Emitió un sonido repulsivo, como un maullido, y avanzó un paso, tambaleándose. La luz de mi vela cayó sobre él...

¡Y vi la laceración amoratada de la cuerda en su cuello!

Algo más se movió, detrás de él, algo con lo que soñaré hasta el día en que se extingan todos los sueños: una chica de facciones pálidas, agusanadas, y sonrisa cadavérica; una chica cuya cabeza se ladeaba en un ángulo lunático.

Nos deseaban, lo sé. Y sé que si no hubiera arrojado la vela directamente contra lo que se alzaba en la abertura, y si no le hubiera lanzado inmediatamente después la silla que descansaba debajo del nudo corredizo, nos habrían arrastrado a la oscuridad y se habrían apoderado de

Me he convertido en el instrumento de un drama más profundo, más tenebroso. No me preguntes cómo lo sé. Lo sé, y eso es todo. La señora Cloris tenía razón cuando habló de los que vigilan y los que montan guardia. Temo haber despertado una Fuerza que pasó medio siglo aletargada en la siniestra aldea de Jerusalem’s Lot, una Fuerza que ha asesinado a mis antepasados y los ha subyugado diabólicamente, convirtiéndolos en nosferatu: muertos vivientes. Y alimento temores aún peores que éstos, Bones, pero sólo tengo vislumbres. Si supiera..., ¡si por lo menos lo supiera todo!

Charles

Posdata – Y por supuesto esto lo escribo sólo para mí. Estamos aislados de Preacher’s Corners. No me atrevo a llevar allí mi corrupción, y Calvin no quiere dejarme solo. Quizá, si Dios es misericordioso, esta carta te llegará de alguna manera.

C.





(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

23 de octubre de 1850

Hoy está más vigoroso. Hablamos brevemente sobre las apariciones del sótano. Convinimos que no eran alucinaciones ni entes de origen ectoplásmico, sino reales. ¿Pero el señor Boone sospecha, como yo, que se han ido? Quizá. Los ruidos se han acallado. Sin embargo, todo sigue siendo ominoso, y pesa sobre nosotros un palio oscuro. Parece como si estuviéramos esperando en el engañoso Ojo de la Tempestad...

En una alcoba de la planta alta he hallado una pila de papeles, guardados en el último cajón de un viejo escritorio con tapa de corredera. Algunas cartas y facturas pagadas de Robert Boone. Sin embargo, el documento más interesante consiste en unas pocas anotaciones al dorso de un anuncio de sombreros de copa para caballeros. Arriba está escrito:

Benditos sean los mansos.

Abajo, el siguiente texto aparentemente absurdo:

b k n d i h o e s m a h l s s a a f s g s

e e m d o t r s r e s n a o d m d n r o h

Creo que ésta es la clave del libro cerrado y cifrado que encontré en la biblioteca. La clave de arriba, muy simple, es la que se empleó en la Guerra de la Independencia. Cuando se eliminan las <<letras neutras>> que componen la segunda parte de la escritura, queda lo siguiente:



b n i o s a l s a s s

e d t s e n o m n o

Leyendo De arriba abajo, en lugar de hacerlo transversalmente, se obtiene la cita originaria de las Bienaventuranzas.

Antes de atreverme a mostrárselo al señor Boone, debo verificar el contenido del libro...

24 de octubre de 1850

Querido Bones:

Ha ocurrido algo prodigioso. Cal, que siempre mantiene un silencio hermético hasta que está seguro de sí mismo (¡singular y admirable rasgo humano!) ha encontrado el Diario de mi abuelo Robert. El documento estaba escrito en una clave que el mismo Cal ha descifrado. Él afirma modestamente que el hallazgo fue casual, pero pienso que en realidad fue producto de su perseverancia y afán.

Sea como fuere, ¡qué tétrica es la luz que arroja sobre nuestros misterios!

La primera anotación corresponde al 1º de junio de 1789, y la última, al 27 de octubre de 1789: cuatro días antes de la desaparición cataclísmica de la que habló la señora cloris. Narra la historia de una obsesión creciente, o mejor dicho, de una locura, y da una imagen repulsiva de la relación que existía entre el tío abuelo Philip, la aldea de Jerusalem’s Lot, y el libro que descansa en la iglesia profanada.

Según Robert Boone, la aldea misma es anterior a Chapelwaite (construida en 1782) y a Preacher’s Corners (conocida en aquella época por el nombre de Preacher’s Rest y fundada en 1741). Fue erigida por una secta que se escindió de la fe puritana en 1710 y cuyo jefe era un adusto fanático religioso llamado James Boon. ¡Qué sobresalto me produjo su nombre! Me parece difícil poner en duda que este Boon perteneció a mi estirpe. La señora Cloris no se equivocó al enunciar su convicción supersticiosa de que en este asunto tiene una importancia crucial el linaje de sangre, y recuerdo despavorido la respuesta sobre la relación que existió entre Philip y Jerusalem’s Lot. <<Una relación de sangre>>, dijo, y mucho me temo que sea así.

La aldea se convirtió en una comunidad estable construida alrededor de la iglesia donde Boon predicaba..., o recibía a sus feligreses. Mi abuelo insinúa que también tenía comercio carnal con muchas damas de la localidad, a las que aseguraba que ésa era la ley y la voluntad de Dios. En razón de ello la aldea se transformó en una anomalía que sólo pudo existir en aquellos tiempos de aislamiento y extravagancia en que era posible creer simultáneamente en las brujas y en la Inmaculada Concepción: una aldea religiosa de ayuntamientos consanguíneos, bastante degenerada, controlada por un predicador medio loco cuyos evangelios gemelos eran la Biblia y el siniestro Demon Dwellings de De Gouge; una comunidad donde se celebraban regularmente los ritos del exorcismo, y donde proliferaban el incesto la locura y los defectos físicos que acompañan tan a menudo a este pecado. Sospecho (y creo que Robert Boone debió de pensar lo mismo) que uno de los hijos bastardos de Boon huyó de Jerusalem’s Lot (o fue sacado de allí) para buscar fortuna en el Sur... Y así fundó nuestro actual linaje. Sé, porque mi propia familia lo ha confesado, que nuestro clan se originó en aquella región de Massachussets que posteriormente se transformó en este Estado soberano de Maine. Mi bisabuelo, Kenneth Boone, se enriqueció gracias al entonces floreciente tráfico de pieles. Fue su fortuna, acrecentada por el tiempo y las buenas inversiones, la que levantó esta mansión ancestral mucho después de que él muriera en 1763. sus hijos, Philip y Robert, edificaron Chapelwaite. La sangre llama a la sangre, como dijo la señora Cloris. ¿Acaso Kenneth, hijo de James Boon, huyó de la locura de su padre y de la aldea de éste, sólo para que después sus hijos, totalmente ajenos a lo sucedido, construyeran la mansión de los Boone a menos de tres kilómetros del lugar donde Boon había iniciado su carrera? Y si fue así, ¿no hay motivos para pensar que nos ha guiado una Mano gigantesca e invisible?

Según el Diario de Robert, en 1789 James Boon era anciano... y así debió de ser. Si contaba veinticinco años cuando se fundó la aldea, en 1789 debía de tener ciento cuatro, una edad prodigiosa. Lo que sigue lo copio textualmente del Diario de Robert Boone:

4 de agosto de 1789

Hoy he visto por primera vez a este Hombre por el que mi Hermano siente una admiración tan malsana. Debo admitir que este Boon posee un extraño Magnetismo que me alteró inmensamente. Es un verdadero Anciano, de barba blanca, y viste una Sotana negra que por alguna razón me pareció obscena. Era más inquietante aún el Hecho de que estuviese rodeado de Mujeres, como un Sultán lo estaría por su Harén, y P. me asegura que todavía está activo, aunque por lo menos es Octagenario...

En cuanto a la Aldea propiamente dicha, yo sólo la había visitado una vez, anteriormente, y no volveré a ella. Sus Calles son silenciosas y están pobladas por el Miedo que el Anciano inspira desde su Púlpito. También temo que se hayan multiplicado los Acoplamientos incestuosos, porque hay demasiadas Caras parecidas. Tenía la impresión de que no importaba hacia donde mirara, me encontraba con el rostro del Anciano..., todos están muy pálidos; parecen Desvaídos, como si les hubieran succionado toda la Vitalidad, y vi Niños sin Ojos ni Narices, Mujeres que lloraban y farfullaban y señalaban el Cielo sin ningún Motivo, y que mezclaban citas de las Escrituras con discursos sobre Demonios..., P. me pidió que asistiera a los Servicios, pero la idea de ver a este siniestro Anciano me repugnó y di una Excusa...

Las anotaciones anteriores y posteriores a ésta describen el comportamiento de Philip, cada vez más fascinado por James Boon. El 1º de setiembre de 1789, Philip fue bautizado en el seno de la iglesia de Boon. Su hermano dice: <<Estoy atónito y horrorizado..., mi Hermano ha cambiado delante de mis propios Ojos..., ahora creo que incluso se parece cada Día más a ese Hombre nefasto.>>

La primera mención del libro aparece el 23 de julio. El Diario de Robert sólo lo cita brevemente: <<P. ha vuelto esta noche de la Aldea menor con un Talante que me pareció bastante alterado. Se negó a hablar hasta la Hora de acostarse, cuando dijo que Boon había preguntado por un libro que se titula Misterios del gusano. Para complacer a P. le prometí que consultaría por carta a Johns and Goodfellow. P. mostró un agradecimiento casi servil.>>

El 12 de agosto escribió esta anotación: <<Hoy he recibido dos cartas... una de ellas de Johns and Goodfellow, de Boston. Tienen Noticia del Volumen por el cual P ha manifestado Interés. Sólo hay cinco Ejemplares en este País. La Carta es bastante fría, lo cual me extraña bastante. Hace Años que conozco a Henry Goodfellow.>>

13 de agosto:

P. muestra una excitación anormal por la carta de Goodfellow; se niega a explicar por qué. Sólo dice que Boon está desmedidamente ansioso por conseguir el Ejemplar. No entiendo la Razón, pues el título sólo parece ser el de un inofensivo Tratado de jardinería...

Estoy preocupado por Philip. Cada día le encuentro más extraño. Ahora lamento que hayamos regresado a Chapelwaite. El Verano es caluroso, asfixiante, y está lleno de Presagios...

En el Diario de Robert sólo hay otras dos menciones del libro infame (aparentemente no comprendió su verdadera importancia, ni siquiera al final). De sus anotaciones del 4 de setiembre:

Le he pedido a Goodfellow que actúe como Agente de P. en la cuestión de la Compra, aunque mi prudencia clama contra esta Operación. ¿Qué Pretexto puedo emplear para resistirme? ¿Acaso no podría comprarlo con su propio Dinero, si yo me negara a ayudarlo? Y a cambio de ello le he arrancado a Philip la Promesa de abjurar de este infame Bautismo... Y sin embargo está tan Ofuscado, casi Afiebrado, que no confío en él. Respecto de esta cuestión estoy totalmente en Ayunas...

Por fin, el 16 de setiembre:

Hoy ha llegado el Libro, junto con una Nota de Goodfellow en la que dice que no quiere seguir interviniendo en mis Transacciones... P. se mostró anormalmente excitado y casi me arrancó el Libro de las Manos. Está escrito en Latín y con Caracteres Rúnicos que no sé descifrar. Parece casi caliente al Tacto y tuve la impresión de que vibraba en mis Manos, como si contuviera una inmensa Energía... Le recordé a P. su promesa de Abjurar y se limitó a lanzar una Risa desagradable, demencial, mientras blandía el Libro delante de mi Cara y gritaba una y otra vez: <<¡Lo tenemos! ¡Lo tenemos! ¡El Gusano! ¡El Secreto del Gusano!>>

Ahora se ha ido corriendo, supongo que al encuentro de su Benefactor loco, y no he vuelto a verle en el resto del Día...

No vuelve a hablar del libro, pero he hecho ciertas deducciones que parecen por lo menos plausibles. En primer término, tal y como ha dicho la señora Cloris, este libro fue el motivo de la ruptura entre Robert y Philip; en segundo término, es un compendio de hechizos impíos, posiblemente de origen druida (los conquistadores romanos de Gran Bretaña conservaron por escrito muchos de los ritos de sangre druidas, en nombre de la erudición, y muchos de estos recetarios infernales forman parte de la literatura prohibida del mundo); en tercer término, Boon y Philip se proponían utilizar el libro para sus propios fines. Quizá, por alguna vía tortuosa, tenían buenas intenciones, pero lo dudo. Lo que sí creo es que mucho antes se habían asociado con las potencias misteriosas que existen más allá de la urdimbre misma del Tiempo. Las últimas anotaciones del Diario de Robert Boone confirman ambiguamente estas especulaciones, y los deja hablar por sí mismos:

26 de octubre de 1789

Hoy reina una terrible Conmoción en Preacher’s Corners. Frawley, el Herrero, me ha cogido por el Brazo y me ha preguntado: <<Qué traman su Hermano y ese Anticristo loco allá arriba.>> Godoy Randall afirma que en el Cielo ha habido Presagios de un gran Desastre inminente. Ha nacido una vaca con dos Cabezas.

En cuanto a Mí, ignoro qué nos amenaza. Quizá la Demencia de mi Hermano. Su Cabello ha encanecido casi de un Día a otro, sus Ojos son grandes Círculos inyectados en Sangre de los cuales parece haberse desvanecido la atractiva luz de la Cordura. Sonríe y susurra y, por alguna Razón Particular, ha empezado a frecuentar nuestro Sótano cuando no está en Jerusalem’s Lot.

Las Chotacabras se congregan alrededor de la Casa y sobre la Hierba. Su Clamor conjunto desde la bruma se mezcla con el del Mar hasta modular un Chillido sobrenatural que quita el Sueño

27 de octubre de 1789

Esta Noche seguí a P. cuando partió rumbo a Jerusalem’s Lot, manteniéndome a una Distancia razonable para evitar que me descubriera. Las condenadas Chotacabras vuelan en bandada por el Bosque, llenándolo todo con una Melopea fatal, de ultratumba. No me atreví a cruzar el Puente. Toda la Aldea estaba a oscuras, exceptro la Iglesia, que se hallaba iluminada por un tétrico Resplandor rojo que parecía transformar las altas ventanas ojivales en los Ojos del Infierno. Las Voces fluctuaban entonando la Letanía del Diablo, riendo a ratos, sollozando luego. La Tierra misma pareció hincharse y gemir bajo mis pies, como si soportara un Peso atroz, y yo huí, asombrado y despavorido, oyendo cómo los Graznidos demoníacos y estridentes de las Chotacabras reverberaban dentro de mi Cabeza mientras corría por ese Bosque sombrío.

Todo apunta hacia un Clímaz aún imprevisto. No me atrevo a dormir porque me asustan los posibles Sueños, y tampoco a permanecer despierto porque no sé qué Terrores lunáticos me aguardan. La Noche está poblada de Ruidos sobrecogedores y temo...

Y sin embargo siento la necesidad de volver allí, de mirar, de ver. Tengo la impresión de que Philip en persona me llama, y el Anciano.

Los Pájaros.

Malditos malditos malditos.

Aquí termina el Diario de Robert Boone.

Observa, Bones, que cerca del final alega que el mismo Philip parecía llamarlo. Estas líneas, las palabras de la señora Cloris y los demás, pero sobre todo las espantosas figuras del sótano, muertas y sin embargo vivas, son las que me llevan a deducir una última conclusión. Nuestra estirpe sigue siendo infortunada, Bones. Sobre nosotros pesa una maldición que se resiste a dejarse sepurltar: vive en un avieso mundo de sombras, dentro de esta casa y aquella aldea. Y se aproxima nuevamente la culminación del ciclo. Soy el último de los Boone. Temo que haya algo que lo sabe, y que yo sea el nexo de una abyecta empresa que nadie que esté en sus cabales podría entender. Dentro de una semana se cumple el aniversario, en la Víspera de Todos los Santos.

¿Qué debo hacer? ¡Si por lo menos tú estuvieras aquí para aconsejarme, para ayudarme!

Necesito saberlo todo, debo volver a la aldea que todos rehuyen. ¡Que Dios me dé fuerzas para ello!

Charles.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

25 de octubre de 1850

El señor Boone ha dormido durante casi todo el día de hoy. Su rostro está pálido y mucho más demacrado. Temo que la repetición de la fiebre sea inevitable.

Mientras refrescaba su botellón de agua vi dos cartas dirigidas al señor Granzón de Florida, que no han sido despachadas. Se propone volver a Jerusalem’s Lot. Si se lo permitiera, eso le costaría la vida. ¿Me atreveré a escabullirme hasta Preacher’s Corners para alquilar un carruaje? Debo hacerlo, pero qué sucederá si se despierta? ¿Si al volver descubro que se ha ido?

Han reaparecido los ruidos en las paredes. ¡Gracias a Dios él aún duerme! Mi mente tiembla al pensar en lo que significa todo esto.



Más tarde



Le llevé la comida en una bandeja. Se propone levantarse dentro de un rato, y a pesar de sus evasivas qé qué es lo que planea. Sin embargo, ire a Preachers Corners. Conservo en mi equipaje varios de los polvos somníferos que le recetaron durante su enfermedad. Bebió uno de ellos con su té, sin saberlo. Duerme nuevamente.

Me espanta dejarle con las Cosas que se deslizan detrás de nuestras paredes, pero me espanta aún más que permanezca otro día entre estos muros. Le he encerrado bajo llave.

¡Dios quiera que esté todavía aquí, a salvo y durmiendo, cuando yo vuelva con el carruaje!

Más tarde aún

¡Me apedrearon! ¡Me apedrearon como si fuera un perro salvaje y rabioso! ¡Monstruos depravados! ¡Éstos que se dicen hombres! Estamos prisioneros aquí...

los pájaros, las chotacabras, han empezado a congregarse.

26 de octubre de 1850

Querido Bones:

Está casi oscuro y acabo de despertarme, después de haber dormido casi veinticuatro horas seguidas. Aunque Cal no ha dicho nada, sospecho que echó en mi té unos polvos somníferos cuando descubrió mis intenciones. Es un buen y fiel amigo, que sólo desea lo mejor, de modo que no le reprenderé.

Sin embargo estoy resuelto. Mañana es el día. Estoy sereno, decidido, pero también me parece sentir el retorno de la fiebre. En ese caso, tendrá que ser mañana. Quizá sería aún mejor esta noche, pero ni siquiera los fuegos del mismo Infierno podrían inducirme a pisar esa aldea en la oscuridad.

Si no volviera a escribirte, que Dios de bendiga y te dé muchos años de vida, Bones

Charles.

Posdata – Los pájaros han empezado a graznar y se reanudaron los horribles deslizamientos. Cal cree que no los oigo, pero se equivoca.

C.

(El texto que sigue ha sido extraído del Diario de bolsillo de Calvin McCann).

27 de octubre de 1850

5 de la mañana

Se ha empecinado. Muy bien. Iré con él.

4 de noviembre de 1850

Querido Bones:

Débil pero lúcido. No estoy seguro de la fecha, pero mi calendario me asegura que debe ser la correcta, por el horario de la marea y la puesta del sol. Estoy sentado frente a mi escritorio, en el mismo lugar desde donde te escribí mi primera carta de Chapelwaite, y contemplo el mar oscuro del que se borran rápidamente los últimos vestigios de luz. Nunca volveré a verlo. Esta noche es mi noche. La cambiaré por las sombras que me aguardan, cualesquiera sean éstas.

¡Cómo rompe contra las rocas, este mar! Despide nubes de espuma hacia el cielo tenebroso, sacudiendo el suelo bajo mis pies. En el cristal de la ventana veo reflejada mi imagen, pálida como la de un vampiro. No como desde el 27 de octubre, y tampoco habría bebido si ese día Calvin no hubiera dejado un botellón de agua junto a mi lecho.

¡Oh, Cal! Le he perdido, Bones. Ha sucumbido en mi lugar, en lugar de esta ruina con brazos esqueléticos y rostro cadavérico que veo reflejarse en el cristal oscurecido. Y sin embargo es posible que él sea el más afortunado de los dos, porque no le atormentan sueños como losque me han atormentado a mí durante estos días: formas contorsionadas que acechan en los corredores de la pesadilla delirante. Mis manos tiemblan todavía, he manchado el papel con tinta.

Calvin salió a mi encuentro aquella mañana, precisamente cuando me disponía a escabullirme... Y yo que creía haber sido tan astuto. Le dije que había resuelto irme con él de aquí, y le pedí que fuera a alquilar un carruaje en Tandrell, situado a unos quince kilómetros donde éramos menos conocidos. Accedió a hacer la larga caminata y le vi partir por el sendero de la costa. Cuando le perdí de vista me equipé rápidamente con un abrigo y na bufanda (porque hacía mucho frío, y los prolegómenos del invierno inminente se manifestaban en la brisa cortante de la mañana). Lamenté por un momento no tener una pistola, y después me reí de mi propia idea. ¡Para qué sirve un arma en estas circunstancias?

Salí por la puerta de la despensa y me detuve un momento para echar una última mirada al mar y al cielo; para inhalar el aire fresco y acorazarme con él contra el hedor pútrido que, lo sabía muy bien, no tardaría en respirar; para disfrutar del espectáculo que brindaba una gaviota voraz al revolotear bajo las nubes.

Me volví... y allí estaba Calvin McCann.

—No irá solo –dijo, con una expresión implacable que no le había visto nunca.

—Pero, Calvin... –empecé a protestar.

—¡No, ni una palabra! Iremos juntos y haremos lo que sea necesario, o le arrastraré por la fuerza a la casa. Usted no se encuentra bien. No irá solo.

Es imposible describir las emociones encontradas que se apoderaron de mí: confusión, irritación, gratitud..., pero la más intensa de todas fue el afecto.

Pasamos en silencio delante de la glorieta y del reloj de sol, recorrimos el sendero cubierto de malezas y nos internamos en el bosque. Reinaba una paz absoluta: no se oía el gorjeo de un pájaro ni el chirrido de un grillo. El mundo parecía cubierto por un manto de silencio. Sólo flotaba el olor ubicuo de la sal y, desde lejos, llegaba el tenue aroma del humo de leña. El bosque era una inflamada sinfonía de colores, pero, a mi juicio, parecía predominar el escarlata.

El olor de la sal no tardó en dispersarse y lo sustituyó otro, más siniestro: el de la descomposición a la que ya he hecho referencia. Cuando llegamos al puente para peatones que unía las dos márgenes del Royal, pensé que Cal volvería a pedirme que desistiera, pero no lo hizo. Se detuvo, miró el torvo campanario que parecía burlarse de la bóveda celeste, y después me miró a mí. Seguimos adelante.

Nos encaminamos con paso rápido pero temeroso hacia la iglesia de James Boon. La puerta seguía entreabierta, tal como la habíamos dejado después de nuestra última salida, y la oscuridad interior parecía hacernos muecas. Mientras subíamos por la escalinata sentí que mi corazón se trocaba en bronce y mi mano tembló cuando entró en contacto con el picaporte y tiró de él. Dentro, el olor era más intenso y más mefítico que antes.

Entramos en el vestíbulo envuelto en penumbras y, sin detenernos, pasamos al recinto principal.

Estaba en ruinas.

Algo descomunal se había desenfrenado allí, produciendo una terrible destrucción. Los bancos estaban volcados y apilados como briznas de paja. La cruz nefasta descansaba contra la pared oriental, y un agujero mellado que se veía en el revoque, encima de ella, atestiguaba con cuánta violencia la habían arrojado. Las lámparas habían sido arrancadas de sus soportes, y la pestilencia del aceite de ballena se mezclaba con la fetidez que impregnaba la ciudad. Y a lo largo de la nave central se extendía un rastro de jugo negro, mezclado con fibras sanguinolentas, de modo que el conjunto remedaba una macabra alfombra nupcial. Nuestros ojos siguieron ese rastro hasta el púlpito, que era lo único que permanecía intacto dentro de nuestro radio visual. Desde lo alto de aquel, un cordero inmolado nos miraba con ojos vidriosos por encima del Libro blasfemo.

—Dios –susurró Calvin.

Nos acercamos, evitando pisar la franja viscosa. Nuestros pasos reverberaban en el recinto, que parecía transmutarlos en el estruendo de una risa gigantesca.

Subimos juntos al púlpito. El cordero no había sido descuartizado ni comido. Más bien, tuvimos la impresión de que lo habían estrujado hasta reventarle los vasos sanguíneos. La sangre formaba charcos espesos y malolientes sobre el mismo atril, y alrededor de su base..., ¡pero era transparente donde cubría el libro, y a través de ella se podían leer los jeroglíficos rúnicos, como si se tratara de un cristal coloreado!

—¿Es necesario que lo toquemos? –preguntó Cal, con tono resuelto.

—Sí, es mi deber.

—¿Qué hará?

—Lo que tendrían que haber hecho hace sesenta años. Lo destruiré.

Apartamos el cadáver del cordero de encima del libro y cayó al suelo con un abominable y fluctuante ruido sordo. Ahora las páginas manchadas de sangre parecieron cobrar vida con su propio fulgor escarlata.

Mis oídos empezaron a resonar y zumbar. Un cántico apagado parecía brotar de las mismas paredes. Al ver el rostro convulsionado de Cal comprendí que oía lo mismo que yo. El piso se estremeció debajo de nosotros, como si aquello que embrujaba esa iglesia se estuviera acercando para proteger lo suyo. La urdimbre del espacio y el tiempo lógicos pareció retorcerse y desgarrarse; la iglesia pareció llenarse de espectros e iluminarse con el resplandor infernal del eterno fuego frío. Creí ver a James Boon, repulsivo y deforme, retozando alrededor de lcuerpo supino de una mujer. Y a mi tío abuelo Philip detrás de él, transformado en un acólito enfundad oen una capucha negra, con un cuchillo y un cuenco en la mano.

<<Deum vobiscum magna vermis...>>>

Las palabras tremolaron y se enroscaron sobre la página que tenía frente a mí, empapadasen la sangre del sacrificio, en aras de una criatura que se arrastra más allá de las estrellas...

Una congregación ciega, incestuosa, meciéndose al son de una alabanza absurda, demoníaca; rostros deformes en los que se leía una expectación anhelante, innombrable...

Y el latín fue remplazado por una lengua más antigua, que ya era arcaica cuando Egipto estaba en sus albores y las pirámides aún no habían sido construidas, que ya eran arcaicas cuando la Tierra aún flotaba en un firmamento informe y bullente de gas vacío.

—¡Gyyagin vardar Yogsoggoth! ¡Verminis! ¡Gyyagin! ¡Gyyagin! ¡Gyyagin!



El púlpito empezó a partirse y seccionarse, pujando hacia arriba...

Calvin lanzó un alarido y alzó un brazo para cubrirse el rostro. La bóveda osciló con un movimiento descomunal, tenebroso, semejante al de un barco zarandeado por la borrasca. Manoteé el libro y lo mantuve alejado de mí: parecía impregnado por el calor del Sol y pensé que me calcinaría, que me cegaría.

—¡Corra! –gritó Calvin—. ¡Corra!

Pero yo estaba paralizado y la emanación sobrenatural me llenó como si mi cuerpo fuera un cáliz antiguo que había esperado durante años..., ¡durante generaciones!

—¡Gyyagin vardar! –aullé—. ¡Siervo de Yogsoggoth, el Innombrable! ¡El Gusano de allende el Espacio! ¡Devorador de Estrellas! ¡Cegador del Tiempo! ¡Verminis! ¡Llega la Hora de Colmar, la Hora de Tributar! ¡Verminis! ¡Alyah! ¡Alyah! ¡Gyyagin!

Calvin me empujó y trastabillé. La iglesia giraba a mi alrededor y caí al suelo. Mi cabeza se estrelló contra el borde de un banco volcado, se llenó de un fuego rojo..., que sin embargo pareció despejarla.

Manoteé las cerillas de azufre que había traído conmigo. Un trueno subterráneo pobló el recinto. Cayó el revoque. La campana herrumbrada de la torre hizo repicar un ahogado carillón diabólico por vibración simpática.

Mi cerilla chisporroteó. La acerqué al libro en el mismo momento en que el púlpito se desintegraba en medio de un desquiciante estallido de madera. Debajo de él quedó al descubierto un inmenso boquete negro. Cal se tambaleó hasta el borde con las manos extendidas y con el rostro desfigurado por un clamor incoherente que resonará eternamente en mis oídos.

Entonces emergió una mole de carne gris y vibrante. La pestilencia se convirtió en una marea de pesadilla. Fue una erupción formidable de gelatina viscosa y supurante, una masa enorme y atroz me pareció alzarse desde las entrañas mismas de la tierra. Y sin embargo, con una súbita y espantosa lucidez que ningún ser humano puede haber experimentado, ¡me di cuenta de que eso no era más que un anillo, un segmento, de un gusano monstruoso que había vivido a ciegas durante años en la oscuridad encapsulada que reinaba debajo de la iglesia maldita!

El libro se inflamó en mis manos, y Eso pareció lanzar un alarido mudo sobre mi cabeza. Calvin recibió un golpe rasante y fue despedido al otro extremo de la iglesia como un muñeco con el cuello roto.

Se replego... Eso se replegó y dejó sólo un boquete descomunal y mellado, rodeado de baba negra, y un portentoso chillido ululante que pareció disiparse a través de distancias colosales y que al fin se acalló.

Bajé la vista. El libro había quedado reducido a cenizas. Comencé a reír y, después, a aullar como una bestia herida.

Perdí hasta el último vestigio de cordura y me senté en el suelo, sangrando por la sien, gritando y farfullando en esas sombras blasfemas, mientras Calvin, despatarrado en un rincón, me miraba con ojos vidriosos, despavoridos.

No sé cuánto tiempo pasé en ese estado. No podría determinarlo. Pero cuando recuperé mis facultades, las sombras habían trazado largos senderos alrededor de mí y me envolvía el crepúsculo. Un movimiento atrajo mi atención, un movimiento en el boquete abierto al pie del púlpito.

Una mano se deslizó a tientas sobre las tablas claveteadas del suelo.

Una carcajada demencial se me atascó en la garganta. Toda la histeria se fundió en un aturdimiento exangüe.

Una carroña se alzó de las tinieblas con escalofriante y vengativa lentitud y vi que me espiaba la mitad de una calavera. Los escarabajos se arrastraban sobre su frente descarnada. Una sotana podrida se adhería a los huecos sesgados de sus clavículas mohosas. Sólo los ojos estaban vivos: cavidades enrojecidas y vesánicas que me escudriñaban con algo más que demencia. En ellas brillaba la vida vacía de los páramos sin rumbo que se extienden más allá de los confines del Universo.

Venía a arrastrarme a la oscuridad.

Fue entonces cuando huí, chillando, dejando desamparado el cuerpo de mi viejo amigo en este antro de inquidad. Corrí hasta que el aire pareció estallar como magma en mis pulmones y mi cerebro. Corrí hasta llegar de nuevo a esta casa poseída y contaminada, y a mi habitación, donde me dejé caer y donde he permanecido postrado como un muerto hasta hoy. Corrí porque a pesar de mi enajenación había visto un aire de familia en los pingajos de esa figura muerta pero animada. Mas no se trataba de Philip ni de Robert, cuyas imágenes cuelgan en la galería de arriba. ¡ese rostro putrefacto era el de James Boon, Guardián del Gusano!



Él vive todavía en algun lugar de los tortuosos y oscuros recovecos que se enroscan debajo de Jerusalem’s Lot y Chapelwaite... y Eso todavía vive. Al quemar el libro se frustraron los planes de Eso, pero hay otros ejemplares.

Sin embargo yo soy el portal, y soy el último de los linajes de los Boone. Por el bien de toda la Humanidad debo morir..., cortando definitivamente la cadena.

Ahora me voy al mar, Bones. Mi viaje concluye, como mi relato. Que Dios te proteja y te conceda la paz.

Charles.

Este extraño cúmulo de papeles llegó por fin a manos del señor Everett Granzón, a quien habían sido dirigidos. Se supone que una recidiva de la infortunada fiebre encefálica que le había atacado originariamente después de la muerte de su esposa, en 1848, desencadenó la locura de Charles Boone y le indujo a asesinar a su acompañante y amigo de mucho años, el señor Calvin McCann.

Las anotaciones del Diario del señor McCann son un fascinante modelo de falsificación, y es indudable que Charles Boone los escribió él mismo para reforzar sus propios delirios paranoides.

Sin embargo, se ha comprobado que Charles Boone se equivocó respecto de dos cuestiones. En primer término, cuando <<redescubrieron>> (empleo el término en el sentido histórico, por supuesto) la aldea de Jerusalem’s Lot, el piso del púlpito, aunque carcomido, no mostraba huellas de una explosión o de grandes daños. Y si bien los antiguos bancos estaban volcados y había varias ventanas rotas, es lícito suponer que estos actos de vandalismo fueron perpetrados por gamberros de las poblaciones vecinas, a lo largo de los años. Los habitantes más viejos de Preacher’s Corners y Trandrell siguen repitiendo algunos rumores ociosos acerca de Jerusalem’s Lot (quizás, antaño, fue una de aquellas inofensivas leyendas tradicionales la que omnibuló la mente de Boone y la llevó por la senda fatal), pero esto no parece pertinente.

En segundo término, Charles Boone no era el último de su linaje. Su abuelo, Robert Boone, engendró por lo menos dos bastardos. Uno murió en la infancia. El segundo asumió el apellido Boone y se instaló en la ciudad de Central Falls, Rhode Island. Yo soy el último vástago de esta rama del tronco de los Boone, primo segundo de Charles Boone en tercera generación. He sido depositario de estos documentos durante diez años, y ahora los hago publicar aprovechando la circunstancia de que me he instalado en el hogar ancestral de los Boone, Chapelwaite. Espero que el lector se compadezca de la pobre alma descarriada de Charles Boone. Por lo que veo, sólo acertó en una cuestión: esta casa necesita urgentemente los servicios de un exterminador.

A juzgar por el ruido, en las paredes hay unas ratas enormes.

Firmado:

James Robert Boone

2 de octubre de 1971





Del libro "El umbral de la noche" (Night Shift)